Sesiones

Peñarala, invierno 2014

Después de mi vuelta de Sierra Nevada no había tocado la cámara. La carga de emociones y la inyección de desconexión de la rutina y del trabajo fue tan intensa que me llevé a casa suficiente tranquilidad como para calmar cualquier brote de impaciencia por salir a fotografiar. Así han pasado algunas semanas dedicando tiempo a ver las fotografías que había tomado, a revelarlas y a preparar este sitio web.

Aunque aún me duraba esa inyección de tranquilidad que me mantenía satisfecho, las últimas nevadas en la Sierra de Guadarrama y el estupendo frente que ha mantenido unas nubes y luces de infarto en el cielo de Madrid me han hecho salir corriendo cámara en mano y trípode al hombro hasta Peñalara.

Con este artículo me gustaría comenzar a escribir una serie entradas para hablar de cómo son las sesiones que hago, así que aprovecho para ello las fotografías de carácter documental y autorretratos que me dio por tomar aquel día al iniciar esta salida para que mi familia viese las pintas que me traigo en la montaña cuando salgo a fotografiar.

Había planificado aquel día sin mucha antelación. Después de un fin de semana encerrado viendo amaneceres y atardeceres con unas nubes y colores espectaculares, el mismo lunes consulté el parte meteorológico y decidí ir el jueves, ya que había previsión de 50-60% de cobertura de nubes y sin riesgo de lluvias o nevada. Aunque no tuve luces espectaculares, creo que no me equivoqué al elegir día, al menos para mi integridad, pues el miércoles por la tarde cayó un repentino aguacero de impresión en Madrid, no quiero pensar la nevada que me hubiese pillado allí arriba.

Llegado el día, aunque al principio vi pocas nubes, me puse en camino. Aunque estoy seguro de que aquella zona sólo es buena para los amaneceres, no fui temprano aquel día, no tenía encuadre previsto y, trabajando al día siguiente, no quería levantarme muy temprano, ya que para estar allí a la hora del amanecer tendría que levantarme a las 5:30am y sin encuadre claro podría ser una decepción sonora. Así que lo que tenía planificado era llegar a las 10am, estudiar encuadres en las zonas que ya tenía algo estudiadas del mes de noviembre anterior y, cuando encontrase un encuadre que me convenciese, esperar a la luz de tarde y ya volver de noche hasta el coche.

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Ya eran las 8:30am cuando salí de casa con todo cargado. Esta vez llevaba las raquetas de nieve bien atadas a la mochila. Las raquetas de nieve son útiles cuando vas a ir fuera de los senderos a buscar encuadres y las nevadas han sido muy recientes, ya que la nieve no está pisada y hay zonas en las que hundirse sin ver qué hay debajo puede ser peligroso, a veces los desniveles son tremendos.

Lo que buscamos los fotógrafos en la montaña nevada suele ser nieve sin pisar, depende de la intención, y en Peñalara en especial y en la Sierra de Guadarrama en general, un fin de semana es letal para este objetivo, hordas de montañeros y de familias completas arrasan con cualquier metro cuadrado de nieve virgen. La diferencia entre la Sierra de Guadarrama y Sierra Nevada en este sentido es notable, en esta última, cuando he estado fotografiando, había días que no me cruzaba con nadie, otros con muy pocas personas, esto es lo que permite encontrarse dunas de nieve impolutas sin una sola pisada o pisadas apenas visibles.

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Volviendo a Peñalara, aquel día llegué al puerto de Cotos a las 9:30am, con algunos sustos por el camino a causa de la nieve que cubría la carretera aún sin limpiar.

Al llegar al parking de Cotos había muy pocos coches y estaba algo cubierto de nieve, imaginaba que a la vuelta, ya de noche, tendría que poner las cadenas, pero por suerte al volver estaba limpio. Antes de seguir tengo que pedir disculpas por la calidad de algunas fotos, pero el iPhone a mano era una tentación para documentar y me daba mucha pereza abrir la mochila y sacar la réflex nada más llegar. Con las manos ocupadas con los dos bastones y un trecho por delante, me gusta llevar todo el equipo guardado hasta que llego al destino o hasta que no puedo resistirme ya más a comenzar a fotografiar.

Una vez iniciada la marcha ya podía comprobar que la nieve había venido para quedarse y que no iba a ser el espejismo del pasado otoño. La zona de trineos, otrora zona de principiantes de la antigua estación de sky de Valcotos, donde las familias trillan la nieve hasta sacar el color marrón del barro, estaba bien cubierta.

El inicio del camino de subida no tenía nada que ver con lo que había en diciembre.

Refugio del Zabala

Tenía planificado subir hasta la zona del Zabala y estudiar encuadres, luego bajar hasta el circo glaciar de Peñalara, ver cómo estaba la nieve en la laguna grande, y finalmente, si encontraba algún encuadre interesante, fotografiar el atardecer en la zona de borreguiles que hay un poco más abajo, camino de la laguna chica. No deja de resultarme curioso que se utilice oficialmente un diminutivo así, más típico de zonas del sur de la península ibérica.

En la ruta hacia mi destino nunca estuve solo. Seguía y me seguían varias cadenas de alpinistas, esquiadores de montaña, incluso algunos con su tabla de snow. Muy diferente al atardecer y la vuelta de noche, en la que parece llegar un toque de queda implacable que vacía la montaña y en la que sólo las ganas de fotografiar con buena luz retiene a los fotógrafos.

Una vez llegué al Zabala, decidí echar un vistazo y ver en qué estado se encontraba. El Zabala es el refugio de Peñalara, inaugurado en los años 30 y bautizado así como homenaje al alpinista del mismo nombre.

El que quizá en el pasado fuera un refugio acogedor con chimenea y lugar de tertulia y descanso, ahora no cumplía más misión que ser un pequeño habitáculo para cobijarse casi de pie ante una tormenta, cerrado en más de tres cuartas partes y permaneciendo abierto un espacio minúsculo que más bien parece el recibidor de algo. En la fotografía se muestra tal cual estaba cuando me lo encontré, y en realidad aún es más pequeño de lo que puede parecer por engaño del gran angular con el que está hecha la fotografía.

Una vez estudiados los encuadres de esta zona para otra ocasión, continué mi camino en dirección a la laguna grande de Peñalara, algo desesperado porque un encuadre impoluto de pisadas y muy atractivo que estaba estudiando, y que casi me tenía convencido para esperar allí la tarde y romper el resto de mi plan, terminó siendo pisoteado delante de mis ojos por dos montañeros que la consideraron un buen lugar para sentarse a comer. Está claro que cada uno tiene sus prioridades y disfruta la montaña a su manera, como el siguiente esquiador que pude fotografiar deslizándose ladera abajo. Llega a impresionar el ruido que genera una bajada de un esquiador desde bien lejos, me recuerda al sonido que provoca un avión con reactor cuando pasa a cierta altura.

Peñalara, invierno 2014

La Laguna grande de Peñalara

Peñalara, invierno 2014

Recuerdo que la bajada hasta la laguna grande de Peñalara desde donde me encontraba tuvo su aventura. Tenía algo de desnivel y alternaba zonas de nieve dura y zonas de nieve polvo con gran espesor, por lo que no había ningún equipo ideal para tan variadas situaciones. Llevaba puestas las raquetas de nieve, ideales para las zonas de nieve polvo, donde veía que las pisadas de algunos predecesores habían sido apuradas y se hundían hasta profundidades muy incómodas para moverse, por otro lado, cuando pisaba con las raquetas la nieve dura con ese desnivel parecía por momentos que llevaba puestos esquís y que iba a terminar haciendo un gran slalom, y aunque los sustos fueron continuos, acabé llegando de pie al borde de la laguna.

Cuando llegué a la laguna, ésta estaba completamente helada, cosa que ya esperaba pues en otoño ya estaban todas así.

Peñalara, invierno 2014

La Cascada Negra sí estaba distinta, ahora estaba cubierta de hielo y su estado no hacía honor a su nombre.

Aviso de protección en la laguna de Peñalara

Peñalara es parque natural, y por tanto, está sujeto a medidas de conservación. Entre ellas hay dos que me llaman la atención, sobre todo porque no he visto nunca en Sierra Nevada algo parecido. La primera es que no está permitida la escalada en la Cascada Negra, excepto cuando hay hielo. La segunda es el cordón de seguridad que hay alrededor de la laguna por el que no está permitido acercarse a más de 8-10 metros de la orilla por la zona más próxima al camino natural de aproximación. La verdad es que después de ver la afluencia masiva que hay allí lo entiendo perfectamente, aunque ello signifique renunciar a los mejores encuadres, que son los que habría a pie de agua y con vistas hacia la pared del circo.

En la laguna estuve la mayor parte de la tarde, estudiando encuadres y siendo consciente de que, al ser la zona de mayor afluencia de «turistas», no hay nada que hacer un fin de semana, pues los encuadres interesantes que había no serían capaces de sobrevivir sin pisar hasta el atardecer. Así que tuve que asumir que sólo sería posible fotografiar un gran momento durante un amanecer tras una noche de nevada reciente o durante el atardecer de un día de trabajo.

Peñalara, invierno 2014

Cuando se sube a fotografiar la montaña nevada, además del frío, hay varias incomodidades que se sufren, entre ellas está el constante quita y pon de guantes. Otra es el dilema de tener que andar varios metros con desnivel y tener que llevar el trípode al hombro y llevar un sólo bastón, algo peligroso cuando el desnivel ya es importante, o realizar la molesta operación de quitar la cámara del trípode, guardarla en su funda y colgarte el trípode al hombro o la espalda con una cinta para así poder llevar los dos bastones y bajar o subir más seguro. Y por otro lado está el peso de la mochila, para esto aprovecho para quitármela cualquier parada en la que veo varios encuadres que me van a llevar un cierto tiempo, aunque muchas veces la propia molestia de quitársela hace que cargue con ella durante más tiempo del que desearía.

Peñalara, invierno 2014

Estando en la laguna, mientras evaluaba este encuadre, y antes de reencuadrar tras ver que todos los elementos estaban demasiado apretados, que cortaba elementos por ambos lados del encuadre y darme cuenta de que la piedra inferior estaba tocando el borde, el cielo comenzó a cubrirse y perdí el momento de llevarme un buen boceto a casa.

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Así que, como aquel día quería estudiar en detalle todas las zonas posibles, y el encuadre no me acababa de convencer, viendo a lo lejos la figura serpenteante del arroyo de la laguna, no resistí la espera y acabé continuando mi camino, llegando más abajo hasta la zona de borreguiles.

Aún quedaban algunas horas de luz y bajando pude ver el refugio del Zabala recortado por las nubes en un suave contraluz.

Peñalara, invierno 2014

Borreguil

Por el borreguil transcurre el arroyo de la laguna, que como su nombre insinúa, nace en la laguna grande, y alimenta y riega los borreguiles y las zonas encharcadas colindantes, dando la impresión de haber sido en el pasado una laguna, ahora perdida por un proceso de colmatación.
Una vez en el borreguil, fui siguiendo la huella de un esquiador de fondo. Cuando no está nevado y llegan las primeras heladas, las zonas encharcadas se convierten en pistas de patinaje, y luego, cuando las nevadas ya son considerables, el arroyo se oculta. Esta vez asomaba tímidamente unos metros a lo lejos y fui siguiendo la huella confiado porque llevaba las raquetas. La zona suele tener un buen espesor y se hace impracticable sin ellas. Todo iba bien hasta que me hundí repentinamente hasta las rodillas con los dos pies y me di cuenta de que me había colado en el arroyo. Por suerte las botas que suelo llevar están preparadas y pensadas para esto y el agua no las traspasó, además, el nivel del arroyo no era tan profundo como para llegar hasta el borde de las botas. En caso contrario, los pies mojados y temperaturas bajo cero pueden provocar una retirada repentina. En la fotografía que tomé de la cámara sobre el trípode se puede ver la pequeña parte visible del arroyo, y el agujero a la izquierda, que no estaba allí cuando llegué y fue plena contribución mía. Aún se aprecian rastros de agua embarrada salpicados cuando trataba de salir de la peculiar trampa.

Una vez sacudida el agua helada de mis botas, coloqué el trípode y la cámara mirando hacia el arroyo para ver lo que podía hacer. Probé a realizar encuadres más abiertos, mostrando un cielo al fondo que terminaría por cubrirse completamente, y fotografías más abstractas, reflejando el contraste de la figura negra sobre el fondo blanco.

Agotado este encuadre, me alejé unos metros hasta encontrar uno nuevo con unas suaves líneas marcadas en la nieve detrás de una piedra. Estas marcas se deben a la aerodinámica de la piedra, los vientos que bajan por el circo glaciar siguen la misma dirección que el cauce del arroyo y la piedra protege la nieve acumulada tras ella, moldeando el viento una suave cola tras la piedra. Desgraciadamente el esquiador de fondo debió pensar también que era una buena zona para parar y había dejado pisadas en la parte izquierda del encuadre rompiendo así el encanto de las formas. A pesar de esto, procuré tapar y alisar las pisadas, pues ya estaba agotado y no me veía con fuerzas de seguir más lejos buscando otros encuadres. Aunque éste no era perfecto, el cansancio hizo que decidiese quedarme allí y aprovechar para ver cómo eran las luces del atardecer en esta zona para otra ocasión con un mejor encuadre.

Peñalara, invierno 2014

Mientras permanecía a la espera de la luz, el viento comenzó a soplar con insistencia y el frío ya iba siendo considerable, a pesar poder haber aguantado más tiempo después de abrigarme más aún y de estrenar la manta térmica de emergencia para las piernas, el cielo terminó por cerrarse sin dar la oportunidad al sol a pintar las nubes antes de ponerse definitivamente.

Peñalara, invierno 2014

Camino de vuelta

Con el cielo muy tapado y algo desilusionado por no haberme llevado nada interesante, comencé el camino de vuelta al coche.

Peñalara, invierno 2014

La luz disminuyó muy rápido y pronto se cerró la noche.

Aun con la desilusión de no haber podido llevarme a casa ninguna fotografía que me dejase totalmente satisfecho, no creo que pueda describir la sensación tan buena que se experimenta dando un solitario paseo con raquetas de nieve por la noche.

Peñalara, invierno 2014

Alayos de Dílar

Hace unos días terminaba de revelar y dar forma a un nuevo conjunto de fotografías llamada “Alayos de Dílar”. Éste pertenece al proyecto “Esencia de montaña”, que he empezado hace poco y en el que pretendo recoger la luz y el carácter de diferentes montañas y las sensaciones que me transmiten cuando estoy allí solo o cuando las veo desde la distancia.

Alayos de DílarEste conjunto muestra diferentes perspectivas de estos picos de baja montaña en el que las nubes van jugando con ellos, moviéndose y ocultando o mostrando partes diferentes.

El conjunto es pequeño, y todas las fotografías están tomadas en una misma sesión. Es lo que tiene no dedicarse a esto para ganarse la vida, se fotografía cuando se puede y, si no vives cerca para poder volver repetidamente, tienes que comprimir todo en un tiempo mínimo y conformarse con las ocasiones que se presentan, lo que causa siempre cierto stress (sí, aunque parezca mentira, en la fotografía de paisaje, la obsesión por buscar luces y momentos únicos llega a ser estresante si no se logra y sobre todo cuando éstas por fin llegan y tú estás de camino a tu trabajo rutinario y no cámara en mano persiguiendo a la luz). A todo esto hay que añadir que no tengo paciencia, por lo que si la ocasión tiene provecho y hay varios encuadres en una misma sesión, para mí ya es suficiente para tener una primera aproximación a un conjunto al que sacarle partido.

Guardo cariño a los Alayos de Dílar y en general a toda esta zona de montaña baja. De pequeño mis padres nos llevaban a mis hermanos y a mí algunos domingos cuando hacía buen tiempo y comíamos y pasábamos el día en la naturaleza con otros amigos y sus hijos. Y sobre todo porque a mi madre le gustaba mucho pintar paisajes de esta zona, en especial las vistas del cortijo Sevilla y los Alayos. Recuerdo que apreciaba mucho el hecho de que los Alayos estuviesen nevados, y es ahora cuando lo comprendo.

El día no comienza bien

Volviendo al presente, la verdad es que cuando hice la primera revisión de lo que había sacado aquel día no estaba seguro de lo que iba a poder obtener, más si cabe por cómo empezó aquel día.

Con casi dos semanas de vacaciones por delante, y después de unos primeros más tranquilos sin hacer ni una sola fotografía, pensé en ir a Sierra Nevada, pero a zona de alta montaña. Tenía acumuladas muchas ganas de blanco y muchas esperanzas en Sierra Nevada, ya que en diciembre la nieve en la Sierra de Guadarrama había sido bastante decepcionante, sobre todo después de prometer mucho tras la primera gran nevada de noviembre que había cubierto bastante en el parque natural de Peñalara y que reconozco que desperdicié por subir el primer atardecer, que había buena luz y buenas nubes, ¡sin cámara! (ya me vale). Bueno, al menos tomé unos bocetos con el móvil para futuras ocasiones, que aún no se han presentado.

Volviendo a Sierra Nevada y los Alayos, lo que tenía pensado ese día era ir no muy temprano, con luz de día ya alta, para ver bien y buscar localizaciones y estudiar mejor lo que me esperaba para los siguientes días, llevando el equipo completo por si se me echaba el atardecer encima y merecía la pena hacer algo.

Mi sorpresa fue que, cuando llegué un par de kilómetros más allá de la estación de sky, la carretera estaba cortada por la buena nevada que había caído el día anterior. Como temía encontrarme un panorama igual a Peñalara, con poca nieve y pisoteada, pensé: “bien, nieve reciente sin pisar”. Pero en seguida me di cuenta de que con esas condiciones no iba a poder subir hasta donde tenía pensado dejar el coche para empezar mi ruta a pie.

Lo que se me ocurrió en ese momento fue tomar un desvío y ver cuánto podía acercarme en coche por otro camino, pero llegué a un punto en el que el coche empezó a patinar y no había forma de moverse.

Había sido precavido (iluso) y tenía las cadenas de nieve en el coche, confiado de hacerlo rápido porque ya había puesto cadenas similares (de rombos) unas pocas veces en mi antiguo coche y la situación no era nueva para mí. Me paré a ponerlas, pero esta vez, nuevas cadenas y coche distinto y éstas nunca las había puesto para probar, no había forma de ponerlas, loco y cansado de probar a tirar por todos lados, se me ocurrió mirar la medida máxima y ¡voilà – q-y0ns – m3rd!, mi neumático tenía un perfil ligeramente superior. Entre tanto, una excavadora había pasado y limpiado la carretera y ya podía moverme. Así que nada, a guardar las cadenas con cara de tonto. Asumí que era mejor volverse por si la cosa se ponía peor por la tarde y me quedaba sin poder mover el coche de forma irremediable.

El plan alternativo

Alayos de Dílar #1

Alayos de Dílar #1

Conducía frustrado de vuelta a casa cuando vi a mi izquierda el Trevenque y los Alayos con una ligera capa de nieve. Éstos son picos de baja montaña, el primero ligeramente por encima de los 2.000 metros, el llamado rey de la montaña baja, y los segundos rondan los 1.800 metros. Aunque la alta montaña suele tener nieve desde primeros de otoño hasta finales de primavera y neveros considerables a principios de verano, los picos de baja montaña no suelen estar nevados hasta enero y en pocas ocasiones, y la nieve que cae es ligera y no dura mucho. Así que es una oportunidad que decido aprovechar.

Tenía planificada una ruta para ir por aquella zona para otras vacaciones y buscar encuadres de los Gallos, que son otros picos de baja montaña detrás de la cuerda de los Alayos. Los Gallos son un grupo de picos escarpados, con ramblas de arena bastante marcadas y zonas de sombra que los hacen muy interesantes, recuerdan a crestas de gallos, así que imagino que de ahí debe venir el nombre.

Por tanto, al ver la zona con nieve, decidí acercarme y echar un vistazo. Dar la vuelta desde la zona de la estación de sky, llegando de nuevo a la ciudad y tomando el camino de subida a esa zona de montaña me llevó un buen rato, acumulado al tiempo perdido en la primera subida y el tiempo inútilmente gastado para intentar poner las cadenas de nieve, hizo que llegara casi a las tres de la tarde, así que tenía unas dos horas y media de luz.

Semanas antes, el punto que había estudiado como más favorable para la ruta era dejar el coche en el collado del cortijo Sevilla. Así que, tras llegar y sacar de la mochila los trastos de alta montaña inútiles en el medio en el que estaba, es decir, crampones, raquetas de nieve y polainas, y olvidarme de las botas rígidas que llevaba en el maletero, comencé a andar por la vereda que transcurre bajo el canal de la Espartera.

Los fotógrafos de paisaje o de naturaleza en general tenemos una desventaja sobre el resto de montañeros cuando salimos, y es que en nuestra mochila, además de llevar lo básico para moverte en montaña, tenemos que llevar equipo fotográfico pesado. Ésta es una carga que sólo soportamos porque su peso no puede con nuestras ganas de fotografiar. Ese día alivié el peso quitando los trastos de alta montaña, pero cuando voy a las zonas más altas con nieve mi espalda suele sufrir cargando nada más ni menos que 16 kilos.

Primer encuadre y siguiente problema

Continuando mi camino, a los 15 minutos ya veo un primer encuadre del valle del río Dílar en dirección oeste que promete. El río Dílar es uno de los ríos principales que desemboca en el río más importante que nace en Sierra Nevada, el río Genil, y se alimenta de todos los neveros y lagunas  que hay en la cuenca entre la Loma de Dílar y la arista de los Tajos de la Virgen y el Tozal del Cartujo, que divide los valles del Dílar y del río Lanjarón. Entre las lagunas más importantes que lo alimentan están la Laguna Misteriosa, los Lagunillos de la Virgen y la Laguna de las Yeguas, que es la más grande de Sierra Nevada y lamentablemente más grande aún por haber sido tristemente alterada en los años 70 de forma artificial con represas horribles para crear un embalse para la estación de sky, rompiendo la magia y el encanto que tenía y que podemos aún ver en fotografías de épocas anteriores.

Cuando me encontré ese primer encuadre, la luz aún no era adecuada, pero el cielo tenía una cobertura de nubes que prometía un buen atardecer. Decido parar, sacar todo el equipo y montar el trípode. Cuando voy a montar la cámara sobre éste me doy cuenta de que no tengo puesto ningún plato en la cámara, ya que el que tengo colocado habitualmente en la cámara, en L y bastante pesado, lo había quitado y  dejado en casa para aliviar algo de peso y no lo llevaba pensando que en la mochila tenía un plato pequeño. Empiezo a buscar como loco por todos lados y nada, ni rastro del plato. Un desastre, parece que los elementos se han alineado para arruinarme el día, primero las cadenas de nieve y ahora el plato del trípode. Me paro un rato bloqueado a pensar: “¿qué hago ahora sin trípode cuando caiga la luz?”. Ya que he llegado hasta aquí y no hay tiempo de volver a casa a buscar un plato decido seguir andando y al menos disfrutar de la tarde y ver encuadres para volver en otra ocasión. Así que lo guardo todo y me olvido de hacer ninguna foto durante el resto del día.

Sigo el camino, las nubes de occidente comienzan a ir cerrándose y van difuminando la luz. Levanto la vista del camino y veo hacia el sur los Alayos nevados iluminados con una luz que empieza a ser interesante, y con unas nubes que van envolviéndolos parcialmente, dándoles un carácter gélido y un aire misterioso. Me recuerda a aquellas narraciones literarias orientales en las que el personaje tiene que subir a la cumbre más alta rodeada de nubes para ver al oráculo o gran sabio que le va a resolver algún misterio.

La situación empieza a mejorar

Alayos de Dílar #3

Alayos de Dílar #3

Lamentándome aún por no poder utilizar el trípode, las ganas me pueden y decido intentar algo sacando de nuevo la cámara, esta vez colocando el teleobjetivo 70-300mm, al menos para que me sirvan como bocetos para estudiar futuras ocasiones mejores. Compruebo que la luminosidad es baja y que la velocidad a la que tengo que disparar va a estar por debajo de 1/100. La distancia focal a la que voy a disparar está entre 70, bien, y unos 250mm, mal porque ya está superando el límite que me impide disparar a pulso, y precisamente no puedo presumir de un pulso impecable. Además, mido la luminosidad de la montaña y la del cielo y el contraste es alto excede el rango dinámico de la cámara, por lo que ya intuyo que voy a necesitar un filtro graduado, en este caso, un hard de 3 puntos.

Así que subo el ISO a 200 para poder duplicar la velocidad y así llegar a una más rápida que me permita disparar en un rango más cercano o incluso dentro del límite de mi pulso. Aunque mi cámara llega hasta 6400 ISO, la realidad es que utilizar ISO’s por encima de 800 causa tanto ruido que arruina cualquier fotografía que haga. En ese momento decidí disparar con una apertura de f11 porque es la que suelo tener establecida y más me convence por su equilibrio entre profundidad de campo y difracción, pero más adelante cae algo la luz y antes de seguir subiendo ISO decido abrir un paso más el diafragma y bajo a f8, ya que para el tipo de fotografía que voy a realizar y la distancia de enfoque en la que me voy a mover no necesito tanta profundidad de campo. Hago ya algunas fotografías y el resultado que veo en la pantalla me gusta.

Un hecho inesperado

Sigo el sendero intentando buscar otros encuadres y además, llegar a la cascada del río Dílar. Sobre esta cascada ya sé de antemano que es pequeña y puede no ser muy interesante como sujeto, pero quiero llegar y ver las posibilidades para otra ocasión donde pueda utilizar el trípode y la luz sea mejor para fotografiarla, ya que la que hay en ese momento para ese tipo de fotografía no me convence.

Así voy caminando hasta que, antes de llegar a la cascada, me paro en seco porque tengo delante un toro que está parado en el sendero a unos 10 metros y mirándome fijamente. El toro se ha dado cuenta antes de mi presencia que yo de la suya, así que la situación de encontrarlo parado mirándote fijamente y tan cerca, sin una valla entre ambos, impresiona. Intento dar un par de pasos hacia adelante para ver si se da la vuelta o hace algo, pero nada, tras un minuto parado no se mueve y decido apartarme a ver qué hace. Subo un poco y la situación no cambia. Subo un poco más por unas rocas que hay encima del sendero y por fin el bicho estima que no hay peligro y comienza a andar y pasa de largo. Pienso: “Puff, bien, ya está, a continuar”. Bajo de nuevo al sendero y otra vez me quedo perplejo, ¡no puede ser!, hoy no es mi día, otra vaca está parada un poco más allá, parece que iba siguiendo al toro. Hago la misma operación, me aparto de nuevo y la vaca acaba pasando.

Cuando retomo el camino y avanzo unos metros veo otra vaca más, hay que fastidiarse. Me fijo y detrás de ella, separadas a una distancia equidistante, le siguen más vacas y toros. Cuento unas cinco. Ya empiezo a cansarme pero me vuelvo a subir. Esta vez no les da la gana de avanzar, parece que son más tímidas. Al final decido subir por encima del sendero bastantes metros y avanzar campo a través, pero tiene mucha inclinación, voy con la cámara en la mano y los matorrales cierran bastante el paso. Tengo suerte y enzarzado entre matorrales veo que este clan de toros y vacas se anima a reanudar la marcha y terminan pasando y dejándome el camino libre. De repente me acuerdo de que al principio, cuando tomé el sendero, había un par de plastas gigantes y no me explicaba qué hacía aquello por un sendero de montañismo, pero bueno, antes de que la vida moderna nos permitiese salir a la montaña por placer, ya estaban primero los pastores y otros lugareños de oficios relacionados con la montaña que fueron los primeros en marcar estos senderos.

Avanzando y a lo mío

Alayos de Dílar #8

Alayos de Dílar #8

Por fin vuelvo sobre mis pasos y bajo hasta el sendero y continúo. Por suerte ya no me encuentro más vacas ni toros que me corten el paso. Llego hasta la cascada y la veo desde arriba, está cayendo la luz y me da pereza bajar, hago un par de fotos para dejarla documentada y decido seguir el sendero y terminar de aprovechar el día con los picos nevados y las nubes, que van cambiando y ofreciéndome diferentes situaciones de luz, que voy aprovechando para hacer fotografías de ellos intentando aguantar la respiración y apretando los brazos más que nunca. Entre las fotos que pude hacer aquel día tenía tanto nubes con claros que dejaban pasar luz y dejaban entrever el cielo azul como otras que ocultan todo y daban un aspecto más gélido pero que no acabaron de convencerme y no han visto la luz al final.

Cuando llego al final del sendero donde se encuentra con la pista forestal que lleva hasta la toma del canal de la Espartera, decido volverme. Tomo unas cuantas fotografías más hasta que el atardecer va cayendo y no puedo seguir manteniendo la velocidad para disparar a pulso. Para mi consuelo este tipo de nubes en las cumbres bajas no se pintan con el sol de atardecer y no tengo que desesperarme por no llevar el plato para utilizar el trípode.

Guardo la cámara sin antes fastidiarla con tanto trasto en las manos y se me cae al suelo el portafiltros con el filtro de 3 pasos, menudo susto, con lo que cuestan estos filtros. Tengo suerte y cae relativamente bien, unido a que es de resina y no de cristal, sólo se lleva un doloroso piquete pero muy en el extremo, así que no ha pasado nada. Bien por Lee y la dureza de sus filtros (lo he visto decir ya en varios blogs, que son más resistentes al rayado), no estoy seguro que una caída de un filtro de cualquier otro fabricante o uno de cristal hubiesen salido tan bien parados al caer sobre piedras con aristas afiladas.

Pasado el susto con la caída del filtro decido avanzar a paso ligero, antes me coloco el frontal para cuando ya no haya luz y así no estar rebuscando a oscuras en la mochila. Siempre llevo pilas de repuesto y otro frontal más, ya que no quiero arriesgarme a que falle en el peor momento, no quiero pensar en la situación de estar de noche solo por un sendero pedregoso o por nieve sin ver nada. En este caso estaba a 45 minutos del coche, pero en otras ocasiones, más de dos horas de camino a oscuras pueden convertirse en un infierno del que seguramente no haya salida, sin luz veo imposible dar un paso sin ir al suelo.

Una última sorpresa

Voy avanzando y aún hay luz para avanzar sin problemas, así que por ahora el frontal va apagado. De repente, plaff, me paro en seco otra vez, no puede ser, cuándo va a parar el día de darme estas sorpresas, la manada de vacas y toros está otra vez ahí, en esta ocasión no las tengo en dirección contraria, sino que van en mi misma dirección pero están paradas pastando y bloquean el sendero. Aquí ya no hay posibilidad de apartarme para que pasen, son ellas las que lo tendrían que hacer y no creo que vayan a tener la cortesía conmigo. Así que doy unos gritos estilo pastor y éstas comienzan a andar, ¡vaya, parece que esto se me da bien!, y así sigo, en caravana, detrás de la manada, desempeñando la función de pastor con L de novel y como farolillo rojo de la manada. Tal cual transcurre el resto del camino, bastante más lento de lo que lo hubiese hecho solo, dando gritos de “arrehhh, ehhhgeeee, k’ai prisa…”cada vez que algún toro o vaca se paraba.

Llegando al final

Más tarde llego al cortijo Sevilla y la manada se desvía y sale de mi camino. Soy cortés y me despido de ellas. Ahora avanzo mucho más rápido, aunque ya a estas alturas tengo el coche a la vista y me quedan menos de cinco minutos para llegar a él.

Por fin llego al coche y puedo quitarme la pesada mochila de los famosos 16 kilos. Llamo a casa para avisar y decir que ya estoy en camino. Como algo rápido, arranco y tomo la pista forestal que me lleva a la civilización.