Fotografías

Textura en el cielo

Casi siempre buscamos un cielo cargado de nubes que modifique la luz del atardecer o amanecer y genere un color intenso y con fuerza. Pero no deja de ser un elemento compositivo más —textura— con el que buscar una intención concreta. A veces podemos utilizar un cielo despejado para transmitir serenidad y armonía.

Oleaje de poniente, amanecer de verano, Maro, 2015

Cuando era niño, pasaba horas y horas hojeando los tomos de una de las enciclopedias de historia del arte que mi madre acumulaba en las estanterías de una pequeña habitación. Nuestra casa familiar siempre estuvo inundada de libros de arte, donde la pintura ocupaba un hueco muy especial. Además de libros, había cuadros de ella colgando en todas las paredes y esculturas sobre pedestales en todos los rincones.

De aquellos libros de pintura, las que más me sorprendían eran las de Turner, que reflejaban asombrosamente mares revueltos bajo una luz anaranjada crepuscular. A ellas me recuerda esta fotografía del Mediterráneo en los acantilados de Maro una mañana de poniente.

Aquel día las olas rompían con fuerza y la espuma, al retroceder, parecía cabalgar entre los grandes cantos rodados de la playa. Incluir ese efecto del agua en primer plano era la clave de la composición, además de cuadrar el momento con una ola rompiendo en las rocas del plano medio.

No solo era necesario captar la textura ondulante de la espuma en primer plano; para transmitir la fuerza del mar, ésta debía tener todavía más presencia en el encuadre. Eso me obligó a desplegar el trípode para dejar la cámara en una posición tan baja que una ola se llevó el portafiltros y los dos filtros que estaba utilizando.

El cielo sin detalle, algo difuminado por el vapor que generaban las olas, no tenía mucho atractivo, por lo que sólo incluí una pequeña franja en el cuarto superior. En cambio, el brillo de la luz más intensa del sol de la mañana —alejada de la suavidad de la luz crepuscular— tuvo la ventaja de generar un atractivo velo óptico en la imagen. El velo redujo el contraste en los acantilados del fondo, añadiendo más profundidad a la escena.

Después de pasearse por los cantos rodados unas cuantas veces con el vaivén de las olas, el portafiltros apareció con los filtros en su sitio, aunque inservibles.

Corona radiada sobre Peñalara y luz de luna llena en primavera

¿Fotografiar la realidad es buscar la imagen que ven nuestros ojos en un determinado momento? La verdad es que fotografiar la realidad es algo ambiguo. Si quisiera reflejar la realidad del ojo, siempre utilizaría una distancia focal de 50mm, renunciando a encuadrar para aislar algo que no está aislado. Utilizaría una velocidad de exposición que dejase el obturador abierto sólo una fracción de segundo, evitando dejar el agua completamente en calma cuando no lo está, o captando las nubes con su volumen y forma vistas en un solo instante. Y utilizaría sólo una apertura lo suficientemente pequeña para captar nitidez en todos los planos.

Pero si utilizo una distancia focal concreta para encuadrar una escena. Si utilizo una velocidad de exposición lenta para captar el efecto del paso el tiempo. Si abro el diafragma para aislar un sujeto de un fondo. Si subo o bajo la temperatura de color para registrar la luz que quiero captar… Entonces no estoy fotografiando la realidad que ven mis propios ojos. Estoy fotografiando la realidad que me muestra la cámara, aquella que no puedo pero quiero ver.

Si sólo me gustase la realidad que me muestran mis ojos, cuando subo a la montaña, me quedaría inmóvil sin más. Permanecería totalmente quieto, contemplando la luz de un atardecer, de un amanecer, o de la luna llena creando sombras profundas en las rocas, aristas y contrafuertes con un cielo estrellado de fondo. Pero necesito ver como ve la cámara. Necesito que la cámara me muestre un mundo paralelo. Un mundo distinto al que ven mis ojos. Creo que ésta es la explicación de porqué me gusta fotografiar. Siento como si hubiese sido yo, y no Garry Winogrand, el que dijo: «Hago fotografías para ver cómo se ve el mundo en fotografías». Necesito atrapar un mundo invisible que sólo me puede mostrar la cámara, un «instante de un sueño» como escribía Richard Whelan sobre la fotografía en blanco y negro.

Ésta fotografía hecha una noche de luna llena puede ser un buen ejemplo de la diferencia entre ojo y cámara. Después de mucho tiempo sin salir a fotografiar a la montaña, subí a Peñalara una tarde de primavera. Esperaba que aún quedase nieve en las zonas menos expuestas al sol entre circos y corredores, pero sólo las cotas más altas conservaban algo de ella. Por el camino, las nubes iban y venían, amenazando con cerrarse y no dejar hueco al sol durante el atardecer.

Al llegar a un arroyo por el que desaguaba una laguna, me encontré una media luna que formaba la nieve en la orilla derecha. Aquella curva parecía tener un buen interés gráfico y me quedé intentando hacer algunas fotografías. Estuve un rato tratando de captar la escena con los reflejos en el agua suavizada por la lenta exposición, con el sol tocando la cima de los picos del fondo. Quería captar el sol como una estrella, pero el objetivo que llevaba no era bueno para ello y tuve que desistir.

Seguí caminando hasta la laguna más lejana, la laguna de los Pájaros, pasando antes por varias lagunas donde aún había nieve. Allí pasé el resto de la tarde intentando probar varias composiciones, pero las nubes se cerraron antes de la puesta de sol y el cielo perdió interés. Sólo después de ocultarse el sol y aparecer la luna llena, el cielo comenzó a abrirse y la luz azulada fría hizo ganar atractivo a la escena.

Ya había agotado todas las posibilidades que se me ocurrían cuando a los pocos minutos de iniciar el camino de vuelta llegué a esta otra laguna, la laguna de Claveles. Volví a una zona por la que había pasado en el camino de ida. Desde allí, la perspectiva cónica hacía que el risco montañoso del fondo fuese perdiendo altura según se alejaba por el borde izquierdo. Eso me recordó a las escenas de la playa de Cofete que alguna vez he visto en fotografías. Como el primer plano no tenía mucho interés, utilicé la diagonal que marcaba la nieve en la orilla de la laguna como base para la composición.

Las nubes se desplazaban y tapaban intermitentemente la luz de la luna, por lo que tuve que encuadrar haciendo un disparo de prueba al ISO máximo de mi cámara, 6400. De pronto comenzó a salir desde la cima un buen grupo de altocúmulos desplazándose en dirección hacia la cámara. La exposición lenta que configuré para el bajo nivel luminoso transformó los altocúmulos en estelas de nubes sobre los riscos, formando una corona radiada sobre la cima. La mezcla de luz de luna llena y la contaminación lumínica de las ciudades cercanas iluminaron con varios matices violetas y rosados las trazas de las nubes.

¿Dónde está el horizonte?

Shangri-La es el paraíso idílico escondido en el Himalaya que James Hilton describía en su novela «Horizontes perdidos». Aislado del mundo exterior, sus habitantes no envejecían ni morían. La novela relata cómo el cónsul británico y otros tres extranjeros huyen en avión de la revuelta contra el Raj en Baskul (Afganistán). Durante el vuelo sufren una avería y acaban realizando un aterrizaje forzoso en una meseta junto a la gran montaña azul, el Karakal. Cuando creían que todo estaba perdido, son rescatados por los ciudadanos de Shangri-La y conducidos a su monasterio en el valle de la luna azul.

El título de la novela podría haber inspirado perfectamente a Lynch y Livingston en el capítulo de su libro «Color and Light in Nature» en el que explican los efectos visuales de la luz reflejada en el agua. En ese capítulo escribieron: «Have you ever seen a boat floating in the sky? It seems to hang somewhere between sea and sky. But where is the horizon?». Eso me preguntaba aquel amanecer de verano cuando hice esta fotografía en la que el horizonte había desaparecido.

Aquella mañana el viento apenas soplaba y el mar estaba en calma. El sol ya había salido, levantando una ligera bruma en el horizonte. Ésta reflejaba la luz con mucha intensidad sobre el agua, convirtiendo la escena en una fantasía.

Pasó un buen rato hasta que fui consciente del triángulo que formaba el barco con esas dos rocas, una forma estupenda para articular la composición. Los barcos suelen fondear por la noche en esta bahía para protegerse del oleaje (supongo que eso hace que uno duerma más tranquilo sin estar siendo movido constantemente por el golpeteo de las olas). Afortunadamente, esa mañana sólo había un barco. La presencia de más barcos habría abarrotado la composición y estropeado el encanto de la escena.

Utilicé un filtro neutro de diez pasos para suavizar el agua. Y además de éste, para compensar la luz más intensa del cielo y del agua del horizonte con la luz que llegaba a las rocas y el agua en primer plano, coloqué un filtro degradado suave de tres pasos, calándolo por debajo del horizonte. La marca de filtros degradados que utilizaba entonces no daba buenos resultados, y la combinación de ambos dejó en la fotografía una ligera dominante magenta que luego tuve que corregir desaturando ese matiz.

Lo especial de la escena es que el horizonte apenas es visible y el barco parece estar flotando en el aire, pero, ¿qué provoca ese efecto? Según explican Lynch y Livingstone, el horizonte es una frontera entre dos fuentes de luz: el cielo y el mar. Para ver esa frontera, es necesario que las dos zonas tengan diferente color, brillo o ambos. Si no hay diferencia entre las dos, no será visible su frontera y, por tanto, no veremos el horizonte. Esto suele pasar cuando el agua está en calma. La luz del cielo se refleja en el agua cerca del horizonte con un ángulo de 90 grados y, con ese ángulo, refleja el 100% de luz. Eso elimina el contraste entre ambas zonas, haciendo desaparecer el horizonte. Además, desmitifica la creencia de algunos fotógrafos que piensan que un reflejo nunca puede tener la misma luminosidad que el cielo.

Rayos crepusculares en mi ventana

Comienza 2015 y traigo poca sustancia fotográfica, pero muy cargada de morriña. Son tres fotografías muy simples, pero me gustan por su momento de luz, o por el fenómeno que incluyen, y por el sujeto. Muestran la línea de cumbres de Sierra Nevada, la gran Sulayr o montaña del sol, y están hechas durante un amanecer de este invierno.

Las hace especiales para mí el hecho de ser las vistas de mi ventana esas pocas veces que voy a Granada. No os podéis imaginar la diferencia que hay con lo que veo todos los días cuando me asomo a la ventana en la gran —y no menos asfixiante— urbe.

La primera fotografía muestra rayos crepusculares proyectados como sombras por los picos y collados de la línea de cumbres. De este fenómeno hablaba en el artículo Rayo anticrepuscular al atardecer, Santillana, verano 2014. Está hecha unos minutos antes de que el sol se eleve por la loma del Veleta, el famoso «Panderón».

Las otras dos captan el momento en el que está saliendo el sol.

Ya sé que no es lo mismo que estar allí, pero me conformo con haber captado ese momento, poder desviar ahora la mirada de mi ventana y verlo de nuevo cuantas veces quiera.

Feliz 2015

Bueno, como el año ya no da para más, ahí va la última de 2014 en el blog. La verdad es que no sé bien qué estaba pensando antes de hacerla, pero esto es lo que ha salido. Y de nuevo, la pequeña Islandia que es Cabo de Gata. Esta escena me recuerda a las famosas rocas de la playa de Vik.

Feliz 2015 cargado de buena luz, viajes lejanos y, cómo no, pequeños momentos de soledad en la montaña.

Un sueño de diez millones de años

Diez millones de años lleva dormido este dragón. Desde entonces, dos veces al día el sol se empeña en volver a despertarlo. Aquel atardecer buscó como aliados a dos grandes cúmulos y parecía haberlo conseguido, pero sólo fue un espejismo.

Había estado lloviendo casi toda la tarde y deambulaba de cala en cala sin hallar lo que buscaba. Días antes vi fotografías de aquellas playas y mi cabeza imaginó una escena que probablemente no existía.

La travesía no era muy larga, pero andar entre dunas y rocas volcánicas no fue fácil y me llevó más tiempo del que pensaba. Ya se escapaba la luz en la última cala y no encontraba mi escena imaginaria. Decidí subir a una cresta de lava estrecha y empinada que acababa muriendo en el mar y así ver qué había al otro lado. Una vez arriba sólo me encontré esta escena, ninguna playa de arena fina a la que bajar, ningún farallón fotogénico que incluir en la composición.

No quedaba más tiempo para desandar mis pasos y volver a la cala anterior. Decidí quedarme allí y ver lo que quedaba del atardecer sin hacer ni una fotografía. El viento me zarandeaba con fuerza y tuve que tumbarme para no acabar cayendo por el acantilado. Como no me resignaba, volví a sacar la cámara y empecé a probar composiciones. Intentaba utilizar la curva formada por la cresta y los acantilados como vector que guiase la mirada hasta el cerro. Cuando tuve claras dos composiciones, desplegué el trípode y, antes de poner la cámara, medí la exposición al cielo y después al cerro. Como la diferencia de luz entre ambas era poco más de un paso, saqué de mi bolsa un filtro degradado neutro de 1,5 pasos. El cielo azul poco saturado y las nubes grises no ayudaban. La escena parecía apagada, sin vida, y disparé sin mucha ilusión. Pero en un instante los dos cúmulos comenzaron a teñirse de intenso color rojo y la escena comenzó a latir con tanta fuerza que parecía que ese viejo volcán sumergido iba a entrar de nuevo en erupción. Ahora sí tenía sentido aquella fotografía.

Las dunas también mueren

Cegado por la luz intensa al salir de un túnel. Así me siento cuando llego a un lugar al que voy por primera vez. Me cuesta centrar la mirada.

Del mismo modo que la pupila necesita un tiempo de reacción para adaptarse al cambio de luz, mi modesto ojo fotográfico necesita un tiempo de adaptación hasta empezar a ver algo atractivo, una escena con una estructura visual ordenada, empezando poco a poco a identificar elementos y relaciones entre ellos.

Para empeorar las cosas, si llego pronto, cuando falta uno de los dos ingredientes de la fotografía —la luz—, me cuesta ver aún más. Estoy seguro de que muchas veces no sé identificar una buena composición por la falta de ese otro ingrediente. Es como si no pudiese ver el enigma que esconde el puzzle porque me falta una de las dos piezas de la fotografía.

Así me sentí al llegar a ese lugar de Cabo de Gata. Cuando estudié este sitio tenía claro que quería combinar en primer plano la duna fósil con los domos volcánicos —los Frailes— como fondo. Dos signos del paso del tiempo con tonos opuestos.

Parecía imposible conectar ambos elementos (duna y cerros); sólo encontraba escenas con dos planos totalmente aislados, sin relación entre ellos. Encontrar un flujo visual en el primer plano era complicado. Demasiado caos en los estratos de la duna y ningún tipo de orden. Además, desplazarme mucho hacia la vecina playa del embarcadero —para buscar un primer plano mejor— cambiaba el punto de vista de tal forma que el Fraile Chico ocultaba al Fraile Grande y el fondo perdía contenido.

Después de dar muchas vueltas a la playa encontré esta grieta. La utilicé como vector para guiar la mirada hacia el fondo. Pensé que era un buen complemento a un volcán: una línea sinuosa que me recordaba a un antiguo río de lava fluyendo desde éste. Aunque no fue el mejor, el cielo ayudó a potenciar la escena volcánica: las nubes simulaban el humo y ceniza de una erupción y el rojo evocaba al magma ardiendo.

Rayo anticrepuscular al atardecer, Santillana, verano 2014

Una tarde de verano, mientras fotografiaba la puesta de sol, el cielo guardaba una sorpresa a mi espalda. Al darme la vuelta lo vi. Allí estaba, de un color azul oscuro, destacando sobre el resto del cielo. Era un rayo anticrepuscular. Convergía solitario en el horizonte, proyectado por la sombra de una gran nube que se interponía en el camino de los rayos del sol.

Los rayos crepusculares son visibles si un objeto se cruza en el camino de los haces de luz emitidos por el sol, cuando éste se ha puesto (o está saliendo) y se halla entre 3 y 6 grados por debajo del horizonte. Ese rango de posición coincide con la segunda mitad del crepúsculo civil del atardecer (o la primera mitad del crepúsculo del amanecer). El objeto —una nube o una montaña— proyecta una sombra en el cielo que vemos como un rayo divergente si miramos en dirección a la puesta de sol. Aunque es más raro verlos, si nos damos la vuelta y miramos hacia el punto antisolar —punto contrario a la puesta del sol—, podemos ver rayos convergentes en el horizonte. Son los llamados rayos anticrepusculares, como el que aparece en esta fotografía. La convergencia y divergencia de los rayos es un efecto óptico, ya que en realidad son paralelos. De la misma forma pero en sentido contrario aparecen los rayos crepusculares al amanecer.

Cuando hice la fotografía, a las 21:02, el sol se hallaba a 3,2 grados por debajo del horizonte y el rayo aparecía con su mayor intensidad. Seis minutos más tarde todavía era visible, aunque más débil. El sol había bajado a -4.3 grados. Cuando éste descendió a -6 grados, finalizando el crepúsculo civil, las primeras estrellas aparecieron en el cielo y el rayo desapareció.

Elegir una composición que recogiera algo más que aquel curioso fenómeno óptico fue difícil. El horizonte bajo y el formato horizontal lograron centrar el interés en el rayo, pero también deseaba hacer algo más. El formato vertical me permitió cambiar un poco la composición e incluir como protagonistas a las «potamogeton natans» —plantas acuáticas abundantes en la zona— movidas por el viento.

Pradera de flores y tormenta al atardecer sobre la cuenca del Manzanares, verano 2014

Ya se había puesto el sol y aún seguía lloviendo. La tormenta había estado descargando agua durante toda la tarde y las nubes ya empezaban a consumirse. Mientras la lluvia empapaba las colinas lejanas, los rayos del sol se colaban por el claro que se abría paso al oeste, iluminando las nubes con un suave color rosado.

Cuando aquella tarde llegué, ya sabía lo que quería fotografiar. Días antes vi una preciosa pradera de flores que había dejado descubierta la bajada del nivel del agua. Entonces pensé utilizarla como primer plano antes de que el agua bajase más y quedara completamente seca. Esperé paciente y volví días después, cuando aparecieron nubes que presagiaban una nueva tormenta.

Las nubes se forman cuando el aire caliente asciende y arrastra hacia arriba vapor de agua y partículas de la atmósfera —polvo y sales minerales en suspensión entre otras—. Al elevarse hacia capas más altas, el vapor de agua se enfría y se condensa, convirtiéndose en gotas y más tarde en cristales de hielo, haciendo visible la nube.

Hay muchos tipos de nubes, entre ellos, los cirrostratos, capaces de alterar la luz mostrando un precioso degradado de color en el cielo del amanecer o del atardecer. Las tormentas las provocan los cumulonimbos. Éstos aparecen tras un proceso originado en el cúmulo —la nube algodonosa—. Los cúmulos toman formas distintas hasta convertirse en cumulonimbos, aunque pueden quedarse en nada. Éste es el caso del cúmulo mediocris, un cúmulo pequeño, poco prometedor y que acaba disipándose. Por otra parte, el cúmulo puede evolucionar a congestus. Éste se vuelve serio y puede crecer hasta transformarse en un gran cumulonimbo. Si la corriente de aire caliente que formó la nube sigue alimentando al congestus con más vapor de agua, crecerá aún más, elevándose como una columna, y acabará convertido en un cumulonimbo incus —con forma de yunque—, descargando una tormenta con rayos y relámpagos. Si se unen varios cumulonimbos, pueden llegar a formar una célula convectiva, o incluso una bella y peligrosa supercélula convectiva, capaz de hacer que el cielo caiga sobre nuestras cabezas.

Como muchas tardes de verano, el sol había estado calentando la tierra durante todo el día, lo que acabó generando las corrientes de aire caliente que formaron aquellas nubes. Por fortuna, ese día los cumulonimbos se formaron más al oeste y la tormenta descargaba más lejos, permitiéndome fotografiar tranquilo y a salvo de los rayos que aún resonaban en el valle. Además, esa distancia evitó que el objetivo y los filtros acabasen cubiertos de gotas. Y aunque el cielo bajo mi cabeza estaba cubierto de nubes —algunos cúmulos muy desarrollados oscurecían el cielo más al este—, éstas no llegaron a descargar.

Lo que me gustó de aquella pradera y me llevó a elegirla como primer plano fue cómo se entrelazaban pinceladas blancas con verdes, y a su vez con amarillas y marrones. A pesar de tener claro el primer plano, la composición no fue sencilla. Cielo y tierra competían en una lucha de belleza con tal igualdad de condiciones que la decisión de dar protagonismo a uno o a otra fue difícil. Al final opté por dar más espacio al cielo y dejar tres franjas horizontales en la escena. Una banda inferior con el prado de flores. Una central con las montañas, el gran claro al oeste, los cúmulos aislados y la cortina de precipitaciones. Coronándolas, una franja superior teñida por la oscuridad del cumulonimbo responsable de la tormenta lejana. Para equilibrar el contraste de la escena bastó un filtro degradado inverso de tres pasos, ajustando así la luz a los límites del rango dinámico de la cámara.

Disparé varias veces y utilicé también un formato vertical. Cuando la luz cayó y el primer plano quedó demasiado oscuro, saqué de mi mochila un flash de mano para iluminar los metros más cercanos de la pradera, hasta que unos minutos más tarde la luz mágica desapareció.