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Atardecer de primavera en el corral de Valdeinfierno, Sierra Nevada, 2014

Esta fotografía con una composición abigarrada y un poco caótica no aspira a cumplir las mejores reglas en cuanto a disposición de elementos, técnica o preparación metódica.

El poco mérito que quizá pueda tener es la intencionalidad de encuadrar así para hacernos sentir que de repente vamos a ser arrastrados hasta el fondo del precipicio del Corral de Valdeinfierno; que un paso en falso hará que nos deslicemos por la curva que forma la nieve en la esquina inferior derecha y caigamos —sin posibilidad de detenernos— hasta el fondo de un valle que las nubes se han encargado de hacer infinito.

La razón de hacerla sin prepararla previamente, la razón de encuadrar sin evitar que haya tantos elementos en la escena, no es otra que atrapar para siempre una sensación, aquella que tuve ese día: una mezcla de fascinación y miedo, de soledad y nostalgia.

El sol se había puesto. Era casi de noche. Estaba en el corazón de la Sierra, solo, buscando un refugio que aún no conocía, sin los medios adecuados para pasar la noche. Las pendientes eran fuertes y la nieve primavera se acumulaba en ellas; las fracturas de placa se hacían notar insinuando que de un momento a otro la nieve se desprendería ladera abajo.

Cuando llegué a esta zona rocosa y pisé suelo firme sentí alivio. Me senté en una roca al filo del corral pensando en beber y descansar, pero no hubo tiempo para eso; cuando miré al frente, este espectáculo de luz que se presentó ante mis ojos me fascinó.

La luz no esperaba y sólo se mostraría unos instantes más. Saqué la cámara de la bolsa delantera y medí la luz. El tiempo de exposición que demandaba la escena era muy bajo, insuficiente para disparar a pulso. No había tiempo para sacar el trípode, colocar cables, burbuja ni filtros; hice un movimiento rápido de la rueda del ISO de la cámara para llegar a 800 y ganar tres pasos pero nada, sólo sacrificando profundidad de campo al llevar la apertura de f11 a f5,6 conseguí que la velocidad para disparar a pulso llegase a un punto prudente. Sujeté la cámara con firmeza y disparé.

La he querido publicar por la nostalgia que me produce; y por compartir aquellas sensaciones (o al menos intentarlo).

Un deseo: reedición de «Luces de montaña» de Galen Rowell

Es curioso ver cómo ahora, mientras espero impaciente hasta que me digan qué le pasa a mi rodilla, saber que no puedo subir a la montaña hace mucho más fuerte el deseo de volver a pisarla y estar allí arriba fotografiándola.

La nostalgia ha hecho que pase muchos ratos volviendo a ver fotografías que hice de momentos inolvidables en Sierra Nevada —como el de la foto que encabeza este artículo durante un amanecer en Río Seco o la que muestro más abajo de una cordada que seguía mis pasos volviendo aquel día—. También me ha llevado a hacerme con varios libros de Galen Rowell que no tenía y a desempolvar mi copia de «Luces de montaña» para volver a escudriñar cada una de las fotografías que contiene y releer cada uno de los momentos que Rowell describe con maestría.

Cuando compré «Luces de montaña» ya llevaba muchos años agotada y descatalogada la única edición en español (Desnivel, 1995), así que no tuve más remedio que comprar una edición en inglés y buscar una traducción en fuentes «alternativas» para recurrir a ella cuando me encontraba con párrafos de redacción compleja.

Este libro es una gran joya de la fotografía de paisaje de montaña. Rowell explica la luz, habla de técnica, de composición y lo mejor de todo: narra muy bien experiencias y momentos que todo fotógrafo al que le gusta la montaña añora, comparte y entiende perfectamente.

La verdad es que no entiendo bien porqué la editorial no ha vuelto a reeditar la traducción española del libro. Una simple búsqueda por Internet demuestra que hay una plaga de consultas en las que se pregunta por el libro y dónde se puede adquirir una copia. Creo que la expectativa es considerable y me despierta cierta intriga saber la razón que puede haber detrás del hecho de que no se vuelva a reeditar.

Un supuesto motivo para la no reedición podría ser que la editorial Desnivel no tenga la dimensión y los recursos suficientes para poder percibir los deseos y peticiones de sus lectores y del mercado y aprovechar la demanda, o bien que no lo haga por desinterés. Otro supuesto motivo podría ser un problema de autorización de los herederos o los propietarios de los derechos, que no estén permitiendo a la editorial que haga la reedición en nuestro idioma. Otro más, que la editorial no pueda asumirlo económicamente. Si la razón no es el desinterés, pasados tantos años manteniendo la expectativa, lo mejor habría sido que la editorial hubiese hecho un comunicado oficial que desempañase la mala imagen que puede haber cosechado en el público por estar bloqueando la reaparición del libro.

Suponiendo que el problema fuese un riesgo económico que la editorial no pudiese asumir, antes de escribirles con la siguiente sugerencia, me he animado a crear una petición en change.org para que puedan suscribirla todos los fotógrafos y aficionados que desean adquirir una copia de la edición española y la editorial vea que hay cuota de mercado. La sugerencia que hago a la editorial es que, si no desea asumir el riesgo económico de la reedición, cree un proyecto «crowdfunding» para recopilar pedidos y asegurar así ingresos. La petición está accesible a través de este enlace de change.org.

Espero que esta petición anime a la editorial y que podamos ver pronto el libro en las estanterías de las librerías y, sobre todo, que ayude a propagar la pasión por la fotografía, la montaña y el respeto al medio ambiente.

Serpiente de invierno, peñalara 2014

Hace ya muchos meses que la nieve abandonó nuestras montañas, demasiados, y ahora estamos viviendo un impaciente letargo hasta que éstas se cubran otra vez de blanco.

Cuando vuelva la nieve, nuestro escenario preferido se hará otra vez más simple. Las composiciones serán de nuevo más gráficas y minimalistas. La luz será más mágica. Sentiremos de nuevo el frío que añoramos, nuestras pisadas se hundirán con suavidad otra vez y podremos perdernos una vez más en la niebla. Los atardeceres en la montaña serán de nuevo sólo nuestros; nos quedaremos solos cuando el sol se ponga, clavados en la nieve, fotografiando esos mágicos colores que tanto nos gusta contemplar y olvidando todo lo demás.

Esta espera será para mí especialmente dura porque tampoco podré disfrutar la montaña lo que queda de verano. Después de las últimas travesías por la Sierra, mi rodilla ha quedado maltrecha y ahora sólo me queda esperar a que llegue el día de la primera visita a un traumatólogo especialista en problemas de rodilla. Ojalá lo peor sea un reposo obligado unos pocos meses.

Hasta entonces, me conformaré mirando fotografías como ésta del pasado invierno en Peñalara, donde el arroyo de la laguna grande quiere ser como el Guadiana y aparece y desaparece entre la nieve, serpenteando hasta perderse en el prado bajo el circo glaciar, mientras que la luz rasante de un sol ya bajo da textura áspera a la nieve.

Lo que más me gusta de la montaña es sentarse allí arriba y contemplar lo que pasa ante mis ojos en tan poco tiempo. Ésta cambia de estado de ánimo sin avisar y nos muestra distintas caras de la misma escena. Dicen que la luz es determinante en una fotografía, tanto que si ésta desaparece y sólo queda luz dispersa por la niebla pasan cosas como en la siguiente fotografía.

Esperando a las perseidas, verano 2014

Verano verano… una estación un poco regular para la luz, días de pocas nubes y cielos poco interesantes. Será por eso que esta vez me he dedicado más a patear que a fotografiar, de ello dan fe mi rodilla derecha y el color morado de bastantes uñas que espero no perder. La cosa no estaba ni para el mar: ni una sola fotografía de paisaje marino esta vez.

Como no había ni nieve ni neveros, tenía poco interés, pero estando tan cerca decidí subir una tarde-noche al circo de Río Seco en Sierra Nevada y pasar noche en el refugio de Pillavientos. Otra de las cosas malas que tiene el verano es que hay gente por todos lados, y aquí en especial mucho vivac al borde de las lagunas. Esta vez un par de familias (críos incluidos) se acomodaron en la orilla de la laguna grande de Río Seco y el encuadre abierto se fastidió. Al atardecer me las vi y deseé para encontrar un punto de vista que evitara las tiendas, y lo peor, las personas moviéndose por todos lados: paseos con linterna incluida que arruinaron algunas fotografías. Muy distinto al invierno cuando la Sierra se convierte en un paraíso de soledad.

Llegada la «bendita» noche, todos a sus tiendas y la laguna quedó despejada. La luna llena apareció y lo iluminó todo. Empezó a iluminar la cumbre de los raspones y a bajar poco a poco hasta iluminarlos completamente.

Como se suele decir, hay que aprovechar los inconvenientes, así que decidí hacer una fotografía más «montañera» incluyendo una de las tiendas que había.

Ambas tienen poco misterio técnico: luz de luna lateral, sin filtros, apertura grande e ISO 400 para rebajar el tiempo de exposición a 8 minutos, sin ser demasiado bajo para así obtener los trazos de las estrellas.

Después de la sesión, a las 00:00, caminata nocturna hasta el refugio y como siempre: llegando el último cuando todo el mundo duerme y a hacer ruido (procuro que sea poco) para desplegar el saco, aislante, etc; así que voy a acabar haciéndome famoso con la etiqueta de «el jodido que entra siempre a las tantas de la noche a los refugios de Sierra Nevada despertando a los demás».

A las pocas horas lo mismo, 5:45, suena el despertador fastidiando el sueño a los demás, ruido al guardar todos los trastos y camino de vuelta a la laguna. Como era previsible en esta época, y con el sol a espaldas, una luz bastante sosa, ni cinturón de Venus y nada y ningún resultado que me guste para publicar. Otra historia veremos en otoño e invierno.

Cabo de Gata: un mar de volcanes

Alboreaba un día de mediados de primavera cuando los primeros rayos de sol, curvados por la atmósfera de la Tierra, comenzaban a pintar suaves trazos de color magenta sobre el cielo, formando un tenue cinturón de Venus. El parking improvisado en la Ensenada de Mónsul, junto al polvoriento camino de tierra que discurre por Cabo de Gata, estaba vacío. De repente alguien empezó a correr por la playa desierta y aislada hacia tres chicas que dormían tranquilamente en sus sacos junto al borde del mar. Llevaba al hombro tres extraños palos negros, uno por cada una de las chicas. Una de ellas se despertó. Se incorporó y vio con ojos de terror cómo un loco avanza rápido hacia ellas y se iba acercando cada vez más. ¿Acabaría esta historia en las páginas de sucesos de los periódicos del día siguiente?

La noche en vela

Eran las seis y media de la mañana cuando sonó el despertador. Esa noche me había costado dormir, despertándome varias veces, mirando el reloj para ver si ya era hora de salir. Hacía más de siete meses que no pisaba la playa para fotografiar y estaba impaciente por volver, en especial porque iría a fotografiar todo un mar de volcanes. Me levanté con cuidado, tratando de no hacer ruido para evitar despertar a mis chicas, que dormían plácidamente en la habitación del hotel. A ellas les quedaban todavía tres horas para levantarse; a fin de cuentas, estábamos de vacaciones, cuando sólo a los locos de la luz se les ocurre poner el despertador. Me vestí en silencio. La ropa estaba sobre la cama. La había dejado la noche anterior preparada para salir casi saltando. Caminé de puntillas hasta la entrada. Todo estaba a oscuras y fui a ciegas. Junto a la puerta me esperaban los trastos fotográficos: la bolsa con la cámara, los objetivos, los filtros, el trípode… Me los eché al hombro y abrí con cuidado. Cerré despacio pero el pestillo hizo un escandaloso «click».

Por suerte aquel ruido no las despertó. Ya estaba fuera de la habitación. Bajé las escaleras y llegué a la espaciosa recepción del hotel. Apenas veía el mostrador. Una lámpara pequeña era la única luz encendida, insuficiente para llegar a todos los rincones de aquel espacio. Unas tupidas cortinas cubrían la puerta del exterior. Las descorrí e intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. «¿Y ahora? —me pregunté— ¿no han pensado que algunos madrugamos incluso en vacaciones?». Afortunadamente el ruido que había hecho al intentar abrir la puerta despertó al recepcionista, que dormía en un sofá al fondo. No lo había visto porque la luz de la lámpara no llegaba hasta allí. Se levantó y me dio los buenos días. «Menos mal que estás aquí —le dije—, si no, día perdido». El sueño apenas le dejó balbucear dos monosílabos más. Me vio con todos los trastos colgados, no hizo falta cruzar más palabras para que supiese a dónde iba y lo que iba a hacer.

Una vez en la calle no daba crédito. Clareaba, el crepúsculo civil estaba comenzando. Había calculado mal la hora de levantarme. Me metí en el coche a toda prisa —menos mal que estaba junto a la puerta del hotel— y salí hacia la playa. El camino se me hizo eterno. La luz era cada vez más intensa. Todavía no había llegado al parking cuando de repente vi el color del amanecer en el cielo. «Me lo voy a perder», pensé. Por fin aparqué y salí corriendo como un poseso. La playa estaba desierta exceptuando aquellas tres chicas que debían haber pasado allí la noche. El loco que corría por la playa era yo, y los tres palos negros eran las patas del trípode. La escena era de película, pero no pasó a mayores. La chica que se despertó —estaba en top-less— puso cara de póker, aunque el sueño pudo más que el susto y, después de ponerse algo encima, se enroscó de nuevo en el saco y me ignoró. Yo desplegué el trípode donde ya tenía previsto y me puse a fotografiar antes de que la luz suave se extinguiese por completo. Así que cada uno a lo suyo.

Un mar de volcanes

Hay sitios que se podrían catalogar como joyas fotográficas. La ensenada de Mónsul es uno de ellos. Un lugar que, como si de una modelo profesional se tratase, parece querer colaborar, haciendo muy fácil la tarea de encontrar composiciones llamativas. Composiciones cargadas de restos de antiguos volcanes.

Todo sucedió hace millones de años, cuando este lugar fue testigo de una sangrienta batalla en la que Vulcano —dios del fuego— y Marte —dios de la guerra— se enfrentaron por el amor de Venus. Vulcano, enfurecido y humillado cuando Venus le fue infiel con Marte, puso en marcha su maquinaria de guerra para vengarse de ambos, creando una red invisible formada por finos hilos de oro con la que atraparlos. Ayudado por cíclopes y gigantes comenzó a avivar su fragua bajo el mar de Alborán, que entonces ocupaba la superficie sobre la que ahora se halla el desierto de Cabo de Gata. El área magmática sumergida entró en ebullición y se convirtió en un mar de volcanes. De aquel campo de minas bajo el agua, la lava, como si fuese sangre, empezó a brotar a borbotones y ascendió hasta la superficie.

Aquello debió parecerse a la caldera en la que Don Quijote preparaba su bálsamo de Fierabrás: agua hirviendo y color rojo burbujeante por todas partes. Primero se formó un archipiélago de islas rodeadas de un mar cálido. Luego, el terreno fue elevándose hasta quedar por completo fuera del agua, formando lo que hoy vemos como un extenso desierto. Aunque parezca sorprendente, todavía continúa elevándose unos pocos milímetros cada año.

Pasados otros cuantos millones de años, los conos volcánicos se extinguieron. Algunos de ellos se colapsaron y su techo se hundió, formando calderas, unas bajo el mar y otras camufladas en el paisaje árido. El tiempo los fosilizó, convirtiendo aquel lugar en un cementerio de volcanes.

Las curiosas formaciones que vemos en la ensenada de Mónsul tienen su origen en las coladas de lava emergidas del mar: erupciones submarinas de brechas volcánicas bajo el agua que expulsaron ríos de lava viscosa. Estas coladas llegaron a la superficie y acabaron solidificándose. La erosión del mar hizo el resto del trabajo, moldeándolas hasta crear esa llamativa forma de visera que vemos hoy: lápidas de las tumbas de aquellos volcanes extinguidos, oscurecidas por el óxido de manganeso y olvidadas por el tiempo.

La invasión de las masas

Para crear este porfolio fui allí un atardecer y un amanecer de primavera. Así, me encontré las rocas cubiertas de algas, cuyo matiz verde intenso contrastaba llamativamente con la aridez del paisaje que las rodea. De paso, me ahorraba el espectáculo de masas que convierte cada verano ese lugar en un sitio totalmente diferente, invadido por coches, personas, neveras, sombrillas…

La playa, aunque virgen, es famosa y recibe auténticas hordas de turistas. A partir de cierta época, cuando el tiempo es bueno, hallar un encuadre libre de personas es difícil. Eso, aunque en menor medida, me pasó durante el atardecer. Tuve que tener paciencia y esperar a que el vibrante rugido del estómago de los demás mortales colaborase a la hora de la cena, dejando completamente desierta la playa. Antes de ello no pude evitar que algún paseante se colara en ciertos encuadres con momentos difíciles de captar —en los que las olas formaban las trazas más llamativas—, quedando arruinados.

Amanecer con los deberes hechos

El amanecer fue tranquilo. El aspecto relajante que transmiten las fotografías del porfolio es real. Todo era silencio, roto por el murmullo suave de las olas; un remanso de paz, un lugar desierto. Nunca antes había estado allí tan temprano. Por lo que indican los carteles de prohibición y por el estado de la vecina playa de los Genoveses, intuyo que en verano debe ser un mega dormitorio lleno de gente durmiendo en sacos, haciendo vida en la playa y dejando un rastro de basura descomunal. Un triste panorama que no se merece un sitio así.

La siguiente fotografía (#1) es la primera que hice al amanecer. Encuadrar fue sencillo porque había visto la escena la tarde anterior, cuando daba un paseo por la parte oriental de la playa. Me gusta más fotografiar paisajes de espaldas al sol porque la luz es suave y el rango de contraste es manejable. Así, durante el atardecer del día anterior estuve fotografiando en el extremo de poniente y dejé este lado para el amanecer siguiente, evitando el contraluz. Ese paseo me permitió tomar bocetos y llevar los encuadres en la cabeza a la mañana siguiente, haciéndolo todo con más calma. Como ayuda para estudiar composiciones, además de la memoria, la cámara del móvil es una buena herramienta para tomar bocetos; así se pueden estudiar con tranquilidad antes de volver a una hora de mejor luz.

A pesar de que el contraste de luz en la escena era reducido, para conservar detalle en el cielo utilicé un filtro degradado de densidad neutra de 1,5 pasos y de transición dura. Para suavizar el agua y simplificar la composición, aunque no había mucho oleaje, utilicé un filtro neutro de tres pasos. Eso me permitió bajar la velocidad lo suficiente para que la textura del agua no distrajese la mirada.

Lo que me llamó la atención de la composición de esta fotografía fue esa vía de agua colándose entre las rocas alargadas del primer plano. Me moví hasta encontrar una posición en la que la vía apuntase hacia el promontorio del fondo —la famosa Peineta de Mónsul—. El canal que formaban las rocas alargadas no se distinguía bien y tuve que esperar a que una ola lo llenase de agua antes de disparar.

La segunda fotografía (#5) sólo requirió desplazarme lateralmente 5 metros hacia el Sur para cambiar el encuadre. Utilizando el mismo fondo, pude incluir un primer plano diferente, aunque del mismo tipo: la línea formada por la grieta de las rocas es el vector que conduce la mirada desde la esquina inferior derecha hacia la Peineta. Las condiciones de luz eran las mismas, así que utilicé los mismos filtros que había usado en la fotografía anterior.

Desde una posición similar, la ensenada me mostró estas otras caras, con variaciones de formato y primer plano.

El amanecer interminable

Aquel amanecer tuve suerte. Aunque el sol despuntó —lo que en condiciones normales significa que la sesión acaba—, comenzó a formarse bruma, disminuyendo la intensidad de la luz; esto permitió alargar un poco más la mañana. Caminé hacia el otro extremo de la playa, buscando esos contraluces de los que suelo huir. La bruma hacía de filtro natural, reduciendo el contraste, por lo que el rango dinámico aún lo podía controlar con filtros neutros degradados. A pesar de que la Peineta quedase a contraluz y más oscura por los filtros, conservaba el detalle suficiente, sin quedar relegada a una sombra negra exenta de textura; además, el primer plano estaba bien iluminado.

La siguiente fotografía (#6) está tomada en esas condiciones. Para el primer plano, incluí las formas que había en la arena. Estas no tienen más misterio que ser el castillo y foso que habían hecho unos niños la tarde anterior y que las olas desfiguraron y suavizaron hasta crear esas curiosas marcas. Desgraciadamente el agua no había llegado a todo el castillo y no pude incluirlo completo en el encuadre.

Como la luz se volvió más intensa, para mantener una velocidad de obturación lenta que suavizase el agua del mar, cambié el filtro de densidad neutra de tres pasos por uno de diez: el famoso Big stopper.

El resto del amanecer estuve fotografiando otras escenas a contraluz en la misma zona y en la vecina Ensenada de la Media Luna.

Fotografiar a deshoras ayuda a captar la mejor luz. Permite retratar paisajes de mar solitarios, con arena del borde sin pisar, alisada por las olas suaves de la noche. Como contrapartida, los hoteles no han pensado aún en un horario de desayuno para fotógrafos —ni antes de las ocho de la mañana ni pasadas las once—, por lo que al sacrificio del madrugón hay que sumar que te quedas sin desayunar aunque lo hayas pagado con el alojamiento.

Un atardecer con regalo de despedida

La tarde anterior no se mostró muy generosa con las nubes. Caminé a lo largo de toda la playa, reconociendo las zonas con los encuadres más llamativos. Después, decidí quedarme en la Ensenada de la Media Luna y esperar al crepúsculo del atardecer.

La siguiente fotografía (#3) está hecha en la Media Luna, mirando hacia el Este. Me gustó cómo se solapaban las lenguas de lava. Así que, para crear ese fondo, elegí un punto de vista en el que el promontorio que separa ambas ensenadas cubría a la Peineta, que asoma tímidamente bajo el arco del primero.

Tras pensarlo un rato, la composición que acabé escogiendo fue ésta en la que la fila de piedras en el agua ayuda a dirigir la mirada desde el primer plano hasta el fondo. Al llegar me había fijado en cómo las olas rompían sobre las rocas, creando un primer plano con una textura de tono claro. Decidí utilizar ese tono claro para contrarrestar la hegemonía del azul en el agua. Bajé la velocidad de obturación para poder crear la textura espumosa. Para evitar que llegase a desaparecer, volviéndose una superficie sedosa blanca y uniforme, tuve que conservar una velocidad por encima del segundo. El mar se hizo el interesante y no quiso ponérmelo fácil; así que insistí disparando varias veces hasta que el blanco cubrió todo el primer plano.

El siguiente encuadre horizontal está hecho casi una hora más tarde, con mejor luz. En éste, el mar dijo que ya estaba cansado; decidió calmarse y fue imposible lograr la misma textura del agua.

Cuando el crepúsculo terminó, el último regalo que me hizo este lugar fue mostrar la luna llena. Como despedida tomé la siguiente fotografía del momento en la que la lengua de lava no resiste la tentación e intenta tocar la luna.

Brumas de montaña, primavera 2014

«Después de una noche fría, qué diferente es levantarte de tu cama, con un colchón cómodo, desayunar tranquilamente en tu casa, ponerte a mirar tu hoja de contactos y a escribir artículos como éste…; a levantarte en la montaña antes del amanecer, a más de 3000 metros, sobre unos tablones de madera bajo una esterilla de espuma aislante de 5mm de grosor, donde fuera la temperatura roza los 5 grados bajo cero y dentro el termómetro no marca más de cuatro grados sobre cero, vestirte rápidamente y forrarte de ropa para salir corriendo, trípode al hombro, a buscar la luz del amanecer antes de que desaparezca». Esto es lo que pensaba cuando hace unos días me levantaba un sábado en mi casa, y todavía en pijama, me preparaba un café caliente, me sentaba delante del ordenador a repasar las fotografías de mi última travesía por Sierra Nevada y empezaba a esbozar la idea de este artículo.

Aun así, estar ahí y ver la luz de la montaña al amanecer merece la pena. Todavía hoy, cuando estoy tumbado y cierro los ojos, puedo sentir y ver con nitidez aquella escena: levantarme y encontrarme de repente con la silueta del Mulhacén reflejada en la laguna en calma, un cielo con una luz azulada preciosa, y la luna menguante observando el momento. Ese recuerdo se graba en la memoria para siempre.

La comodidad de fotografiar lo conocido

Todo es mucho más fácil, más predecible, cuando salgo a fotografiar un lugar cerca de casa. Llego rápidamente en coche. Camino unos pocos metros. Voy ligero de peso, llevando sólo el trípode y una mochila con la cámara, los filtros y un par de objetivos. Más fácil si a ese lugar vuelves una y otra vez. Los fondos los conoces. Los primeros planos están localizados. Los encuadres están en la cabeza. El objetivo es encontrar una luz nueva y especial, o una variación de un encuadre conocido. Buscar nubes un día. Niebla otro día. Atardecer, amanecer y un sinfín de matices.

Tenerlo cerca me da la seguridad de que el tiempo y las nubes que me voy a encontrar son similares a los que veo desde mi ventana. También es más previsible acertar con la luz que buscas. Todo esto hace bastante más probable llevarse a casa una fotografía aproximada a la que ibas buscando.

La montaña impredecible que nos atrapa

En cambio, la montaña no es tan accesible. Volver una y otra vez no es tan fácil, sobre todo si no la tienes cerca. Llegar a ella supone realizar largas y empinadas travesías. Las condiciones son muy cambiantes y el clima impredecible. Nada está asegurado.

Aun así, siempre intento llevar un plan preconcebido en la cabeza. Con esto en mente, preparo la fotografía que imagino. Trato de estudiar previamente el lugar: posibles encuadres, por dónde saldrá el sol. Analizo las predicciones meteorológicas intentando imaginar las nubes que voy a encontrarme, el frío que hará, dónde voy a dormir, cuánto voy a tardar. Pero aquí los planes pocas veces se cumplen.

A pesar de todo, salir a la montaña a fotografiar te hace experimentar unas sensaciones muy especiales. Mucho más intensas e inolvidables. Los retos son mayores. Los sentimientos más profundos. La sensación de aislamiento y de soledad que ésta me regala me permiten pensar y escucharme a mí mismo de una forma tan clara como en ningún otro lugar. Y fotografiarla me ayuda aún más. Me hace sentir que sólo existimos la montaña, la cámara y yo. Concentrarme en la luz, los elementos y cómo cada uno tiene que estar en su sitio —aunque pocas veces lo consiga— hace que la conexión sea más intensa, que las imágenes se graben en mi retina de una forma mucho más profunda.

Esa conexión va tirando de mí cada vez con más fuerza. Tratar de fotografiar su esencia hace más intenso ese vínculo, que ya no puedo olvidar. Y éste me ata a ella. En el artículo Peñalara en azul intenso lo describía como: «la parte de nosotros que se queda en la montaña y ya nunca vuelve». Es el precio a pagar por disfrutar de los momentos que ésta nos regala.

Cuando todo acaba y vuelvo, esa parte que pierdo me hace sentir extraño, diferente, incompleto, con deseos de huir de la realidad cotidiana y volver allí para encontrarme con lo que he perdido.

Preparando la travesía

El lugar del que hablo esta vez es el circo glaciar de la Caldera, en Sierra Nevada. Un circo glaciar a 3000 metros de altura, al sur de la divisoria de mares atlántico-mediterráneo, cuna del río Mulhacén, y que contiene tres lagunas destacadas: la Caldera —la de mayor volumen de agua de Sierra Nevada—, la de Majano y la de la Caldereta.

Para llegar a él tuve que recorrer 14 kilómetros a pie, con un desnivel acumulado de 1000 metros. En total, una travesía de 28 kilómetros. Como siempre, el peso adicional del equipo fotográfico lo hacía todo más difícil, pero las ganas de fotografiar podían de sobra con esa carga, que esta vez se unía al equipo para estar allí varios días y para atravesar los pasos nevados a media ladera del Cerro de los Machos y los Crestones de Río Seco.

Esta vez, en primavera, me propuse pasar allí arriba tres días y fotografiar todos los atardeceres y amaneceres que pudiese.

El primer atardecer fotografiaría en la laguna de las Yeguas. Después iría a dormir al refugio de la Carihuela, a 3.200 metros. Al día siguiente llegaría hasta la Caldera para fotografiar el atardecer y amanecer posteriores, pasando la segunda noche en el refugio de la Caldera.

Mientras planificaba el viaje, rezaba para que los refugios no estuviesen llenos ninguna de las dos noches. En especial, me preocupaba la primera, ya que se me haría de noche en la laguna de las Yeguas; después, al llegar tan tarde al refugio de la Carihuela, si éste estaba completo, tendría que volver al coche o continuar hasta el próximo refugio, atravesando los pasos más complicados. Ambos eran caminos muy largos, de más de dos horas. La previsión anunciaba temperaturas muy bajas a esa altura, llegando a los 10 grados bajo cero. Caminos nevados y de muchos kilómetros, inviables para recorrer cansado y a oscuras.

La siguiente noche me preocupaba menos. A dos kilómetros de la Caldera hay otro refugio, el de Pillavientos, que no suele estar lleno. Recorrer el camino de uno a otro en las mismas condiciones que la noche anterior no sería difícil, aunque dormir allí significará estar más lejos. Tendría que levantarme mucho antes y caminar más para llegar a la laguna de la Caldera antes del amanecer.

El primer atardecer fotografiando la laguna de las Yeguas

El primer atardecer me encontré con una sorpresa de las que demuestran que las previsiones que uno hace no suelen cumplirse en la montaña. Cuando llegué a la laguna de las Yeguas, vi cómo estaba helada de nuevo. Raro porque unos cuantos metros más abajo las lagunas artificiales no tenían ni rasgo de hielo.

En invierno, la superficie de las lagunas, heladas y cubiertas de nieve, es tan monótona que pasan desapercibidas. En ese estado, si la superficie es grande y el entorno es abierto, esa monotonía (mejor dicho, uniformidad) es un buen recurso para simplificar. Sin embargo, esta laguna no es muy abierta y no permite jugar de esa manera, así que en invierno suelo pasar de largo. Esta vez, por suerte, el hielo fracturado formaba placas levantadas que rompían esa monotonía, y el sol de atardecer las iluminaba con una luz lateral rasante que destacaba su textura, dando profundidad a las sombras; por tanto, no me costó mucho elegir el primer plano.

La composición me pareció demasiado abarrotada, así que la capa de hielo uniforme del borde de la laguna, utilizada como base, me ayudó a simplificar la escena.

Elegir fondo con un protagonista concreto me costó más. Después de un buen rato acabé por incluir la arista del Cartujo y los Tajos de la Virgen, insinuados tras una espesa capa de nubes, aunque éstas no ayudaron a dar protagonismo a uno solo, que hubiera sido lo mejor.

Había bastante diferencia de luminosidad entre cielo y tierra, así que un filtro degradado neutro de transición dura de dos pasos me ayudó a equilibrarla, colocándolo un poco inclinado hacia la derecha, en línea con la pendiente de las aristas.

Para lograr esa composición con un punto de vista bajo tuve que deslizarse por el empinado borde de la laguna, lo que casi me cuesta un chapuzón helado que habría arruinado todo.

Mientras seguía probando otros encuadres, las nubes comenzaron a cubrir el cielo en dirección oeste, mirando hacia la ciudad. Parecía que las predicciones meteorológicas se cumplían, al menos en cuanto a nubes. De ellas surgía misteriosa la parabólica del IRAM (antena del Instituto de Radioastronomía Milimétrica). Giré la cámara e insistí hasta encontrar una fotografía que dejara ver la parte más interesante de la antena.

Aunque aquella tarde esperaba otra cosa, después, durante el crepúsculo del atardecer, las nubes se dispersaron y el sol no mostró colores llamativos. Todo acabó tan rápido como si se bajase el telón de un escenario: la luz se apagó y el espectáculo finalizó. La noche se volvió muy cerrada y ya sólo me preocupaba llegar al refugio. Pero ¿estaría completo?

Buscando el refugio de la Carihuela

A oscuras y cansado, el ascenso por una de las pistas de sky más empinadas que parten desde el Veleta fue más costoso de lo que parecía. Me llevó más de una hora y media llegar hasta el refugio. Puede parecer lo contrario, pero pararte a fotografiar durante unas horas no es lo mismo que parar a descansar: acabas moviéndote de un lado para otro, agachándote, corriendo con el trípode de aquí para allá. Al final, cuando acaba la sesión, te das cuenta de que no has descansado nada, no has comido, no has bebido. Y aún queda camino que hacer de noche y éste se hace largo.

Eran más de las once y media cuando llegué al refugio. Había ruido en el interior. Abrí la puerta y me tranquilizó ver sólo a dos personas. Tenía casi todo el espacio para mí. Menudo alivio.

La cena que llevaba era un triste bocadillo al que me costó hincar el diente de lo helado que estaba el pan después de toda una tarde bajo cero. Algo bastante triste, más cuando veo lo preparados que van otros montañeros, con sus hornillos y sus sopas calientes, pasta con salsa de tomate, té, infusiones. Un largo etcétera de comidas calientes y cazuelas humeantes. Por suerte mi interior me dice cuando estoy viendo el espectáculo gastronómico de los demás: «todo sea por estar aquí fotografiando, que para eso vengo, y no tener que llevar más peso».

Después de aquella anodina cena, con todo ese cansancio acumulado, al menos no me costó echarme a dormir y coger rápido el sueño.

Ruta hacia la Caldera al día siguiente

Al día siguiente tenía pensado bajar a la laguna de Aguas Verdes para fotografiar el amanecer. Después iniciaría el camino hacia la Caldera. Sin embargo, el cansancio, el frío y la incertidumbre de bajar a oscuras por donde nunca había estado, a pesar de haber estudiado la bajada previamente desde casa, hizo que me lo pensara dos veces y no me levanté hasta que salió el sol.

Fue una suerte. Esa laguna estaba todavía más helada. Tenía un gorro, cubo, plástico, o lo que fuese de color azul eléctrico tirado justo en medio, estropeando cualquier posibilidad de fotografiar. Tampoco tenía claro ningún encuadre y a oscuras habría sido más difícil ponerse a encontrarlo. Así que levantarme antes hubiera sido una pérdida de tiempo y me habría robado la energía que me hacía falta para terminar la travesía y aguantar hasta el día siguiente.

Después de desayunar, salí a echar un vistazo a la ruta. Los pasos complicados tenían aún mucha nieve. La probabilidad de resbalar y caer de forma descontrolada es más alta cuando se atraviesan pendientes de cierta inclinación a una hora temprana, cuando la nieve está dura. Así que me puse los crampones y guardé un bastón cambiándolo por el piolet y comencé a descender. El paso de los Machos al menos estaba despejado. Éste, cuando acumula mucha nieve, suele ser propenso a aludes.

El día había comenzado despejado. Pude incluso fotografiar la costa y el mar que están a más de 50 kilómetros. Pero en seguida se formaron nubes y se cerraron hasta crear una espesa niebla que no dejaba ver más de cinco metros de distancia. La caída ladera abajo ni se veía. La escena de la puerta de los Raspones envuelta en niebla imponía. Parecía una puerta a otro mundo.

Si la nieve amortigua cualquier sonido y te hace percibir un silencio extraño, pero agradable, la niebla lo vuelve misterioso y sobrecogedor. Así se mantuvo durante todo el camino.

Ahuyentando a los sensatos

Antes de llegar a Loma Pelada, en el límite donde la nieve ocultaba la pista, vi a dos montañeros que venían en sentido contrario. «Vamos al Veleta —me dijeron— pero no hemos estado nunca, ¿es fácil llegar o podemos perdernos?». Aquella pregunta me extrañó, porque siempre que voy a la montaña miro y remiro la ruta, repaso el perfil de elevación, tiempos y distancias de los tramos, alternativas y hasta ortofotos. «No tiene pérdida —les dije—, sólo hay que seguir la huella marcada por la pista y mantener la altura». Al verme los crampones y el piolet en la mano lo siguiente que dijeron fue: «¿y el camino está bien, se puede pasar?». «Sí —les dije—, yo vengo de ahí; eso sí, necesitáis crampones y piolet». Después de despedirme, seguí mi camino.

Cuando llegué al refugio de Pillavientos, me paré a descansar. A lo lejos vi cómo aparecían dos figuras entre la niebla. Eran los dos montañeros que se volvían. «Hay mucha niebla —me dijeron— y no vamos a poder ver nada, además, no se ve la caída y no sabemos lo que hay al fondo. Hemos decidido dejarlo para otra ocasión». Esas pendientes eran las que yo había atravesado antes. Es cierto que una niebla tan cerrada inquieta y, sobre todo, no ver el fin de una pendiente impone respeto. Eso ya lo viví cuando pasé por allí la primera vez. Entonces era de noche. Fue en la travesía imprevista que hice para fotografiar los raspones de Río Seco. Aquella vez no pensaba hacer noche y ni llevaba saco para dormir. Esto me hace pensar que mis ganas de fotografiar y estar presente durante los momentos de luz especiales pueden más que el miedo.

Aquel día no me crucé con nadie más. La niebla ahuyentó a todos los sensatos, incluidos los dos que se volvieron arrepintiéndose en el último momento y no hubo más almas que se aventurasen a recorrer aquel camino.

La Caldera como campo base

Después de unas pocas horas llegué al refugio de la Caldera. Me impresionó estar allí y ver con mis propios ojos aquello que tanto había estudiado desde casa, viendo fotos y observando mapas.

El refugio estaba vacío. Dejé la mochila y reservé un sitio para dormir desplegando la esterilla aislante sobre los tablones de madera que se utilizan como literas. Ya sin el peso de todo el equipo, como si fuese un campo base, salí con la cámara por los alrededores a buscar los encuadres que llevaba en la cabeza, a ver qué otras escenas podía encontrarme y localizarlas para fotografiar al atardecer con mejor luz.

Eso es lo bueno que tiene ir a fotografiar la montaña solo. Podía haber subido a la cumbre del Mulhacén, la más alta de la península. Nunca la he pisado. Estaba ahí, al alcance de la mano, a menos de 400 metros de desnivel. Pero había ido allí a hacer lo que más me gusta, fotografiar; por tanto, decidí no subir a la cima. Así pude aprovechar tranquilamente aquellas horas para mirar y remirar todos los rincones de las lagunas del circo de la Caldera, ver lo que me gustaba y lo que no, comprobar cómo quedaban los primeros planos, los fondos, probar puntos de vista altos, bajos, y todas las demás posibilidades.

Cuando tuve reconocidas las zonas que quería fotografiar y ya no daba para más, volví al refugio a comer. Aún estaba solo. Esta vez cambié el bocadillo por una ensalada en lata, que más bien parecía helado de ensalada. De nuevo, eso me hizo recordar aquellos estupendos hornillos que veía al resto.

Después, aprovechando que seguía solo, desplegué el saco de dormir para echarme una buena siesta y recuperar fuerzas para estar luego allí fuera fotografiando el atardecer. Cuando llevaba dormido más de una hora comenzaron a llegar montañeros y se acabó la paz. Ésta se rompió con las charlas, meriendas y, de nuevo, con hornillos que hervían infusiones humeantes.

Además de la comida, llevar agua para varios días supone acarrear con un peso considerable, por lo que llevaba lo justo para un día y medio. Esa tarde ya me quedaba menos de un litro, así que, antes de que llegase la hora de salir a fotografiar, aproveché para buscar más agua. Un arroyo que nutría una de las lagunas me sirvió para rellenar una botella. Sólo tuve que añadir una pastilla potabilizadora y dejar que hiciera efecto más que de sobra hasta la mañana siguiente. Aunque el agua a esa altura puede no ser un problema, es mejor ser cautos. Siempre hay que llenar una botella de un curso de agua corriente y no directamente de la que está embalsada en las lagunas. Las pastillas de iones de plata sirven para potabilizarla. Una pastilla para un litro es suficiente, y hace efecto en dos horas. Además, las de iones de plata no dan sabor a cloro como sí lo hacen las de clorina. La desventaja entre unas y otras es que las primeras tardan dos horas en potabilizar y las segundas tardan media hora.

Cuando volví de llenar agua del arroyo, los montañeros del refugio empezaban a preparar su cena y a extender sus sacos. A pesar de los grados bajo cero del exterior y que ahora se notaban más, a mí me quedaba un largo atardecer fuera haciendo lo que más me gustaba.

Un atardecer diferente

La cobertura de nubes de la predicción meteorológica para aquellos días me hizo pensar que encontraría atardeceres llenos de intenso rojo y naranja y colores crepusculares suaves. Además, pensaba encontrarme primeros planos con llamativos bloques de hielo flotando en las lagunas.

Todo fue bastante diferente. La niebla sólo dejó ver claros fugaces a media tarde. Luego se cerró completamente. La laguna de la Caldera, acurrucada y protegida por paredes formadas por enormes bloques de pizarra, apenas se resentía por el deshielo. No había en ella curiosos icebergs flotando en aguas oscuras ni fina película de agua.

Del mismo modo que la tarde anterior en la laguna de las Yeguas, era curioso ver cómo otras lagunas cercanas, la de la Caldereta y el lagunillo de la Calderilla, no tenían ni rastro de hielo. En estas últimas quería hacer fotografías simplificando la escena e incluir el reflejo de la montaña en ellas. Para lograrlo, utilicé un filtro neutro de 6 pasos, bajando así la velocidad de obturación lo suficiente para convertir el agua en un espejo. Cuando el viento comenzaba a soplar con más fuerza y la agitaba aún más, cambiaba el filtro por otro de 10 pasos para mantener esa calma en la superficie.

Luego, en la laguna de la Caldereta, la niebla llegó a ser tan espesa que lo ocultó todo y me permitió elegir composiciones muy simples. Para lograrlo, incluí la nieve que aún quedaba en el borde. Mi intención fue crear una composición sencilla con bandas horizontales de tono y color diferentes. Apenas se veía más allá de dos metros.

El resto del atardecer siguió así. No hubo color crepuscular por ninguna parte.

El último amanecer

El despertador sonó una hora antes de la salida del sol. Me levanté con la incertidumbre de no saber si el cielo estaría de nuevo cubierto de nubes. Hacía mucho frío. Todo apuntaba a que la previsión de 10 grados bajo cero iba a ser cierta. Me abrigué con todo lo que llevaba y más.

Después de asomarme a la ventana, comprobé que el último amanecer había querido ser diferente. No mostraba ni una sola nube.

Al salir del refugio, el Mulhacén y la luna, reflejados sobre la laguna de la Calderilla con sus aguas en calma, me regalaron aquel espectáculo. No hizo falta utilizar ningún filtro para fotografiar esa escena.

El amanecer duró lo suficiente para moverme por las tres lagunas y fotografiarlas hasta que no fui capaz de explotar ningún encuadre más.

Cuando el sol terminó de despuntar y la magia de la luz desapareció, fue hora de plegar el trípode y volver al refugio a empaquetarlo todo y emprender el camino de vuelta. Después de dos noches y muchas sensaciones, los 14 kilómetros hasta el coche fueron duros.

La añorada suprema decepción

Encontrarme condiciones imprevistas y diferentes a las que imaginaba que vería no significa que fuesen malas. La niebla permitió envolver la montaña en un velo mágico, dejando entrever los fondos nevados, simplificando el número de elementos a meter en el encuadre. Y la luz difusa azulada permitió transmitir mejor el aspecto frío e inhóspito de la montaña.

Estoy seguro de que este lugar puede mostrar momentos mucho más impactantes que fotografiar, y por tanto insistiré. Pero encontrarme algo diferente a lo que tenía pensado no ha supuesto ninguna decepción tal y como decía Ansel Adams con su famosa frase: «la fotografía de paisaje es la prueba suprema del fotógrafo y, a menudo, la suprema decepción».

Cuando estoy lejos de la montaña deseo que esa suprema decepción pudiera repetirse más a menudo.

Atardecer en la Laguna de la Caldereta, primavera 2014

Hace poco estaba tomando esta fotografía en la laguna de la Caldereta, a 3.000 metros, bajo una niebla que se mantuvo todo el día y que sólo por unos instantes dejaba ver más allá de unos pocos metros. Ese día, la temperatura fue tan baja que el termómetro no llegó a los cero grados en ningún momento y el sol se mostró sólo un tiempo muy breve al comenzar la mañana.

Llegar hasta esta laguna me llevó a andar más de 15 kilómetros desde el coche, haciendo parada la noche anterior en la laguna de las Yeguas en la que tomé la fotografía del artículo anterior, donde las nubes ya insinuaron cómo iba a ser el día siguiente.

En este día la niebla no dio tregua y no hubo ningún atardecer con un sol ardiente entre nubes de intenso naranja o rojo, ni un suave colorido crepuscular. La paleta de color que se mostró durante todo el día fue reducida, de tonos azulados y verdosos al atardecer hasta que la luz se fue apagando poco a poco, y con un ambiente misterioso como el que se ve en esta fotografía, donde se insinúa al fondo el puntal de la Caldera, con su laguna aún helada y la nieve cubriendo aún toda su cubeta. Sorprende ver que estando tan cerca una laguna esté helada casi por completo y otra totalmente deshelada y sin apenas neveros en su borde.

En breve prepararé una serie con fotografías similares a ésta, de las tres lagunas del circo de la Caldera, con esa paleta de color reducida en la que abundan azules y verdosos, aunque dependiendo de la profundidad alguna se muestra más verde y otra más rojiza.

Ésta vez me ha costado decidirme por el color y pensé en crear la serie en blanco y negro, puesto que al principio no me convencía este juego de colores, pero el resultado final me ha acabado gustando.

El reto en esta serie ha sido encontrar una temperatura de color en el RAW que equilibrase bien el azul y verde y encontrar un punto de exposición que dé misterio pero que conserve detalle en las sombras.

De aquellos días, el siguiente amanecer fue totalmente distinto y las nubes desaparecieron por completo, creando una banda crepuscular en la que las fotografías quedaron diferentes a las de esta tarde, pero esa ya será otra historia.

Lagunas de Sierra Nevada, primavera 2014

Esta es la primera fotografía de una sesión durante un fin de semana entero en Sierra Nevada con mucho frío y muchas nubes. Una escena fría de la Laguna de las Yeguas, cuya capa de hielo empieza a resquebrajarse creando líneas llamativas y las nubes al fondo dejan entrever la arista del Cartujo.

Las lagunas más grandes o en zonas a las que llega un sol con menos intensidad aún se resisten a dejar el hielo. Otras más pequeñas y más expuestas al calor ya se muestran en todo su esplendor, un oasis que en breve desaparecerá cuando se agoten los neveros que las nutren y los implacables rayos de sol del verano las evaporen y las filtraciones les roben su esencia.

Como ya es habitual, la hoja de contactos está latente y espera paciente a que pueda dedicarle el tiempo que se merece, observando cada fotografía con mimo y con cuidado, seleccionando y descartando las que nunca verán la luz y dando forma poco a poco a las que acabarán viéndola.

Atardecer con vistas al valle del Lanjarón, primavera 2014

Aunque parezca raro, cuando subo a la montaña, mi meta no suele ser llegar hasta una cima. Cuando voy, lo que busco es lo que llamo «fotografiar la montaña» y no «fotografiar desde la montaña». Para mí, la protagonista debe ser la cima, por lo que procuro buscar un punto de vista inferior que la muestre majestuosa, altiva, y le dé la posición de superioridad que se merece.

Para dotar la composición de cierto movimiento visual procuro buscar un elemento en primer plano que aporte un diálogo entre ambos y, con permiso de la meteorología, un cielo parcialmente cubierto que termine de aportar volumen y no deje un cielo demasiado plano. Y para finalizar, una luz suave crepuscular de espaldas al sol.

Cuando aquella tarde decidí subir hasta la laguna del Caballo y fotografiar el valle del río Lanjarón no cumplí exactamente mi premisa y terminé subiendo a la cima del Caballo, donde la improvisación triunfó sobre la premeditación.

En mi mente visualizaba una escena desde la laguna en deshielo con un primer plano que destacase la textura los bloques de hielo agrietados, con el valle del río Lanjarón como línea que guiase la vista hacia el Veleta en una posición alta y dominante. Las manchas negras del deshielo en el valle romperían la uniformidad del blanco de la nieve dando un aspecto de piel de dálmata. Al final, el tiempo disponible provocó el cambio de plan.

La vía más corta y suave para llegar a la cima del Caballo, el tresmil más occidental de Sierra Nevada, con sus 3.022 metros de altitud según el GPS, parte desde el mirador de la Rinconada de Nigüelas. Requiere una corta travesía de poco más de cinco kilómetros y superar casi unos 1000 metros de desnivel, que había previsto hacer en unas tres horas, paradas para buscar posibles encuadres incluidas.

Para llegar al punto de partida hay que recorrer una pista de tierra en muy mal estado durante unos 12 kilómetros, superando un desnivel de 1150 metros.

Ya salía tarde sin prever que la ruta por la pista de tierra me llevaría bastante tiempo. Tardé una hora en esta parte hasta dejar el coche en el mirador. Viendo que había perdido una hora de luz y que no llegaba a tiempo, aceleré el paso y conseguí llegar en dos horas y media, un tiempo que sorprendentemente encaja bien con la regla de Naismith. Esta regla para estimar la duración de una ruta dice que hay que sumar una hora por cada 5 kilómetros de recorrido y 1 minuto por cada 10 metros de altura ganada.

La obsesión por llegar y no perder la sesión hizo que no parase nada más que para atarme mejor las botas, que no me había atado muy fuerte para poder subir más cómodo, así que no hubo tiempo para buscar encuadres ni disfrutar del camino.

Llegué diez minutos antes de la puesta de sol y ya no había margen para bajar hasta la laguna, así que, a menos de 100 metros de la cima, decidí subir hasta ella e improvisar y sacar algo de aquella caminata.

Como el ascenso por esta parte está muy expuesto al sol, el deshielo ya se hacía notar en el camino, y sólo había que atravesar un par de neveros con nieve blanda que no requería usar crampones, además, el sol era agradable y no había ni rastro de viento.

Al llegar a la cumbre se levantó un viento fantasma salido de la nada, así que tuve que ponerme abrigo a toda prisa y sacar el equipo y desplegar el trípode antes de que la luz bajase mucho. Esta vez más que nunca, no hubo tiempo ni para comer ni para beber.

Arriba había pocos elementos en primer plano para componer y poco margen para cambiar el punto de vista. Mientras daba rodeos buscando algo que meter en el encuadre, el sol comenzó a pintar las nubes más al fondo en dirección Este, mientras que una nube más cercana y a la derecha y las que cubrían la cima del Veleta quedaban en sombra y de color blanco, haciendo que la mezcla fuese un tanto peculiar. Al final, para rellenar el primer plano encontré esta línea de piedras oscuras que la nieve ya no cubría y que sirvió como vector para dirigir la mirada desde el primer plano hacia el fondo.

La escena tenía una luz muy equilibrada, la nieve reflejaba la luz y el tono quedaba bastante cercano al que tenía el cielo, por lo que no hizo falta utilizar más que un filtro degradado neutro duro de 1,5 pasos para conservar el volumen y detalle de las nubes.

Cuando el sol dejó de pintar las nubes y me cansé del encuadre inicial, varié el primer plano utilizando como vector que dirigiese la vista este hilo de nieve sobre las rocas oscuras.

Por último cambié a formato horizontal para tener una vista más amplia del valle, y busqué rellenar el segundo plano con esa suave diagonal blanca que formaba la cima nevada. Para pintar las nubes utilicé un filtro de color sobre el cielo sujetándolo con la mano y quitándolo antes de que el obturador se cerrase, dejándolo delante del objetivo el tiempo suficiente para dar ese toque de color sin que llegase a tener demasiada presencia en el cielo.

Cuando la luz cayó demasiado, y ya no había mucho más que hacer, allí me quedé un rato, a más de 3000 metros y a oscuras, contemplando la vista lejana de la ciudad iluminada.

Fotografiando desde el Cerro del Caballo, Sierra Nevada, primavera 2014

Fotografiando desde el Cerro del Caballo, Sierra Nevada, primavera 2014

De vuelta, el cansancio que tenía era tal que tardé casi el mismo tiempo en la bajada. Media hora después de comenzar el camino de vuelta la luna apareció y me acompañó durante el resto del tiempo, iluminando levemente el camino hasta el coche, al que llegué exhausto más tarde de la media noche, y aún me quedaba bajar por aquella pista de tierra durante una hora más.

Ensenada de Mónsul, Cabo de Gata, 2014

He visto situaciones distintas en esta playa virgen de Cabo de Gata, cuyas rocas ponen de manifiesto de forma clara su origen volcánico. La primera vez que estuve allí, hace catorce años, la playa tenía más arena, llegando incluso a unir esta ensenada con su vecina Ensenada de la Media Luna, que está más al oeste. En ésta ocasión, la arena había retrocedido, dejando al descubierto rocas caídas de la punta del Mónsul, cubiertas de verdín, y separando ambas ensenadas.

La playa está rodeada por promontorios y acantilados formados por impresionantes lenguas de lava fosilizada. Cuando éstas llegaron hasta el mar y se solidificaron, la fuerza del agua las fue erosionando hasta que tomaron esta forma tan llamativa que hoy vemos. Además, la erosión fue haciendo que las rocas se desprendieran y cayeran al mar, creando este ecosistema en el que proliferan las algas y que aportan este matiz verde intenso a un paisaje tan agreste.

Era primavera cuando me acerqué a esta playa la tarde y noche anterior, en la que estuve fotografiando desde la ensenada de la Media Luna mirando hacia el Este, intentando captar escenas con la suavidad del crepúsculo del atardecer. Fue el momento en el que me fijé en las rocas, especialmente esa roca cubierta de algas blancas, y pensé en utilizarlas como primer plano de una vista más amplia con la peineta del Mónsul de fondo.

A la mañana siguiente regresé. Sin calcular bien la hora de la salida del sol y el tiempo de trayecto, me había levantado tarde, así que ya de camino el sol comenzaba a despuntar y pensé que había perdido la oportunidad de fotografiar este lugar con la luz suave del amanecer.

Cuando por fin pude aparcar el coche, salí corriendo trípode al hombro hasta la playa para colocarlo en el lugar que ya tenía visto desde la tarde anterior y así poder fotografiar el cielo crepuscular que había en ese momento. La playa estaba desierta, y mientras corría como un poseso con la vista clavada en la peineta, no me di cuenta hasta estar casi justo al lado que había tres campistas que estaban durmiendo con sus sacos en la arena, casi al borde del agua. La verdad es que me cuesta entenderlo, porque la humedad y el frío de la mañana eran tremendos, así que dormir en esas condiciones no debe ser nada agradable durante esta época, por no mencionar el susto que una de ellas se llevó cuando, al despertarse -supongo que por el frío- para ponerse algo de ropa, vio que un tipo se acercaba desde lejos corriendo con tres palos negros al hombro. Lo más cómico es que estaba en top-less, así que estar de esa guisa en una playa desierta al amanecer y ver que alguien se acerca corriendo debe causar una impresión de película. Yo llegué y me lié con la cámara y los filtros, así que cada uno siguió a lo suyo, los campistas a seguir durmiendo y yo a fotografiar.

Después de fotografiar la ensenada desde el Este con el crepúsculo como telón de fondo y entretenerme un buen rato en la mitad de la ensenada fotografiando la peineta con la arena suave como primer plano, volví a esta parte para fotografiar esas rocas con la escena que había visto la tarde anterior. El sol ya estaba alto, pero las nubes fueron tomando más presencia y suavizando los rayos de sol.

Elegí este encuadre procurando rellenar el primer plano con las rocas cubiertas de verdín a modo de base. Luego intenté que la roca cubierta de blanco quedase a la derecha, en el plano medio, iniciando así un recorrido visual desde la esquina inferior izquierda hasta la roca blanca en la derecha. El triángulo lo completó la peineta al fondo. Creo que esta segunda parte del recorrido es la que más peso tiene.

Una vez elegido el encuadre exacto, tras medir con el exposímetro de la cámara y ver que había una diferencia de unos tres puntos entre cielo y resto de planos, puse en el portafiltros un filtro degradado neutro de transición dura de tres pasos, colocando después sobre la ranura más cercana al objetivo un filtro de densidad neutra de diez pasos para bajar la velocidad hasta los 15 segundos.

El filtro de diez pasos no deja ver la escena, por lo que hay que encuadrar antes de colocarlo. Para esto, los filtros que van sobre portafiltros son mucho más cómodos que los filtros de rosca, así se puede quitar y poner el portafiltros cada vez con un simple gesto para quitarlo del objetivo. Además, esto facilita mucho poder ver hasta dónde se está calando el filtro degradado que estamos utilizando para reducir el rango dinámico que nos hemos encontrado en la escena y hacer que quepa en el rango que maneja el sensor de nuestra cámara y evitar todo lo posible quemar luces o empastar sombras.

Tras dos fotografías más de una escena similar simplificando algo el primer plano, me despedí de este lugar tan único.