Mes: enero 2015

Me gusta fotografiar, así que necesito ir al gimnasio

¿Tiene algo que ver la fotografía con estar en forma? Parece extraña esa relación, pero no me he vuelto loco al poner el título a este artículo, sino más bien a la hora de explicarlo.

Aún recuerdo aquellas tardes de clase de inteligencia artificial en la universidad hace muchos años oyendo frases como “Pedro gusta María”, “María gusta Juan”. El sufrido profesor nos explicaba con tan peculiares ejemplos cómo un sistema experto podía aprender y obtener conclusiones simples a través de reglas de inferencia. El sistema experto obtenía esas conclusiones aplicando las reglas a hechos que se presentaban como ciertos. A veces las conclusiones podían parecer insólitas y equivocadas. En este caso, no tanto.

Pensaba en ello hace tiempo, cuando estaba entrenando en el gimnasio. ¿Tiene que ver una cosa con la otra? La conclusión a la que ha llegado mi extraño motor de inferencia es el título de este artículo.

¿De dónde viene una conclusión tan singular? Por el cariño que guardo a aquellas tardes, voy a explicarlo mediante un conjunto desordenado de reglas de inferencia:

 

  • Si me gusta hacer fotografías de paisaje, me gusta fotografiar
  • Si me gusta ir a la montaña, tengo que entrenar
  • Si tengo que entrenar, tengo que ir al gimnasio
  • Si me gusta la fotografía y me gusta la montaña, me gusta fotografiar la montaña
  • Fotografiar montañas es fotografiar paisajes

 

Los hechos ciertos —las premisas— son (orden no casual, surgió así):

  1. Me gusta la fotografía de paisaje
  2. Me gusta la montaña

Así que mi motor de inferencia no tardó en llegar a las siguientes conclusiones:

  1. Como me gusta la fotografía de paisaje y me gusta la montaña, me gusta fotografiar paisajes de montaña.
  2. Como me gusta ir la montaña, necesito entrenar.
  3. Como necesito entrenar, tengo que ir al gimnasio.
  4. Como me gusta fotografiar paisajes de montaña, me gusta fotografiar.
  5. Conclusión final: Como me gusta fotografiar, tengo que ir al gimnasio.

Extraño, pero cierto. Andorrear por las montañas cargando una mochila con 20 kilos de peso, unos cuantos debidos al material de fotografía, requiere perder unas cuantas horas a la semana en un aburrido gimnasio. Todo sea por la fotografía.

Llegar a esa conclusión no fue en realidad tan complicado. Soñaba con ir a fotografiar a lugares que al principio me parecían inalcanzables. Al final lo logré (muy especial para mí el circo glaciar de Río Seco en época invernal).

Aun así, parece que todas esas horas de aburrimiento no son suficientes. Esto me preguntaba un día de invierno, cuando estaba subido en esa roca después de un trekking fallido de dos días al Puntal de Vacares en Sierra Nevada: «¿necesito perder más horas en el gimnasio para poder hacer cosas como ésa?». La realidad es que sí, o al menos mejor planteadas [ahora creo que lo estoy viendo: los fotógrafos necesitamos un “Planifica tus pedaladas” adaptado a nuestro mundo para subir a fotografiar a la montaña; a pie, eso sí].

La ruta a Vacares resultó ser demasiado ambiciosa para una mochila tan pesada, para mi nivel de forma y para el malísimo estado de la nieve. Mi compañero de penas era Fran Moreno, un apasionado de la fotografía de montaña como yo. Él también tenía alguna molestia que le impedía estar completamente activo; por tanto, después de recorrer un trecho, no fue difícil decidir cambiar de planes y hacer algo más sencillo. Más fácil aún porque al llegar al punto inicial nos había gustado mucho la vista de las nortes, y fue lo que acabamos fotografiando las dos noches. Recuerdo que al llegar, Fran no paraba de repetir: «la foto está aquí Antonio, la foto está aquí».

El trekking lo planificamos con más ganas fotográficas que realidad física: nieve mala para progresar, demasiado desnivel a remontar con esa carga a cuestas, muchos kilómetros por recorrer… Nuestra intención era fotografiar las caras norte de los grandes picos de Sierra Nevada y el amanecer hacia oriente desde Vacares. No pudo ser. Aquella batalla la acabamos perdiendo cuando la moral decidió que no era el día de ganar. Nuestro enemigo —el nivel de dificultad de la ruta— era fuerte, y éste se hizo más fuerte aliándose con el insoportable lastre de la mochila y del equipo fotográfico. Pero lo peor de todo fue la falta de moral que nos provocó el tiempo de aquella tarde. Esos días el cielo estaba dominado con tiranía por un implacable anticiclón. Estoy seguro de que la expectativa de un cielo cargado de nubes que filtrara los rayos de sol, creando un buen espectáculo de luz, nos habría dado una inyección de moral para completar la ruta. Pero no fue así.

Al llegar por la tarde al refugio de Peña Partida vimos que era casi imposible subir con ese peso hasta el Puntal de los Cuartos y acampar arriba aquella noche. Decidimos dormir en el refugio, dejar la mayor parte de trastos y desandar casi todos nuestros pasos para fotografiar las nortes lo más cerca del punto de partida. El camino inverso lo hicimos muy rápido, pero la luz del crepúsculo estaba llegando y no teníamos ningún encuadre definitivo previsto.

Casi un centenar de metros antes de llegar, me paré al ver esta pequeña vaguada cubierta de nieve. Mientras Fran avanzaba, yo me quedé el resto del atardecer fotografiando las líneas divergentes blancas sobre las que descansaba Sierra Arana. Me gustó la gran V blanca contrastada contra el fondo oscuro y las capas que perdían contraste según se alejaban, dando profundidad a la escena. El color naranja intenso del atardecer, como sólo se contempla desde las alturas, terminaba de proporcionar interés a la fotografía. Utilicé un filtro degradado neutro de 3 pasos, pero no era suficiente. El contraste lumínico era complicado porque la luz no se distribuía de forma homogénea en toda la parte superior: una de las esquinas —donde se estaba ocultando el sol— tenía una luz muy fuerte, la otra no. Para evitar que una esquina se quemara o la otra quedara muy oscura, tuve que utilizar mi dedo cubierto por el guante negro que llevaba puesto y ocultar la zona de mayor iluminación arriba a la izquierda. Como la exposición requería una velocidad lenta, tuve tiempo de poner el dedo delante del objetivo en esa parte, moverlo hacia arriba y hacia abajo, y quitarlo un poco antes para evitar dejar una marca visible.

Al día siguiente no nos vimos capaces de hacer la ruta y confirmamos el cambio de planes. Avanzamos unos kilómetros, desviándonos hasta los Lavaderos de la Reina. Lo que nos encontramos nos decepcionó, pocos elementos de interés, todo cubierto de nieve sin nada llamativo (otra historia llegará cuando comience el deshielo en ese lugar).

Volvimos al punto de partida de la ruta para finalizar allí el trekking. Recuerdo que la caminata se hizo todavía más larga por la pequeña desilusión. A ésta se sumada a la incertidumbre de si la segunda noche lograríamos fotografiar algo interesante, en especial porque el anticiclón seguía reinando con despotismo sobre el cielo.

La espera al atardecer nos permitió estudiar composiciones más tranquilamente. Y como sobraba tiempo, nos dispersamos buscando ideas diferentes. Yo me subí a esta roca y me tumbé para fotografiar la puesta de sol incidiendo sobre los picos. Como el cielo era muy luminoso, utilicé un filtro degradado de 2 pasos. Para posar en la escena usé el disparador remoto de mi cámara, que dispone de un retardo muy útil de dos segundos, lo justo para esconder la mano antes del disparo.

Ya de noche fotografiamos las nortes de los grandes por última vez.

Anuncios

Rayos crepusculares en mi ventana

Comienza 2015 y traigo poca sustancia fotográfica, pero muy cargada de morriña. Son tres fotografías muy simples, pero me gustan por su momento de luz, o por el fenómeno que incluyen, y por el sujeto. Muestran la línea de cumbres de Sierra Nevada, la gran Sulayr o montaña del sol, y están hechas durante un amanecer de este invierno.

Las hace especiales para mí el hecho de ser las vistas de mi ventana esas pocas veces que voy a Granada. No os podéis imaginar la diferencia que hay con lo que veo todos los días cuando me asomo a la ventana en la gran —y no menos asfixiante— urbe.

La primera fotografía muestra rayos crepusculares proyectados como sombras por los picos y collados de la línea de cumbres. De este fenómeno hablaba en el artículo Rayo anticrepuscular al atardecer, Santillana, verano 2014. Está hecha unos minutos antes de que el sol se eleve por la loma del Veleta, el famoso “Panderón”.

Las otras dos captan el momento en el que está saliendo el sol.

Ya sé que no es lo mismo que estar allí, pero me conformo con haber captado ese momento, poder desviar ahora la mirada de mi ventana y verlo de nuevo cuantas veces quiera.