Mes: diciembre 2014

Feliz 2015

Bueno, como el año ya no da para más, ahí va la última de 2014 en el blog. La verdad es que no sé bien qué estaba pensando antes de hacerla, pero esto es lo que ha salido. Y de nuevo, la pequeña Islandia que es Cabo de Gata. Esta escena me recuerda a las famosas rocas de la playa de Vik.

Feliz 2015 cargado de buena luz, viajes lejanos y, cómo no, pequeños momentos de soledad en la montaña.

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Un sueño de diez millones de años

Diez millones de años lleva dormido este dragón. Desde entonces, dos veces al día el sol se empeña en volver a despertarlo. Aquel atardecer buscó como aliados a dos grandes cúmulos y parecía haberlo conseguido, pero sólo fue un espejismo.

Había estado lloviendo casi toda la tarde y deambulaba de cala en cala sin hallar lo que buscaba. Días antes vi fotografías de aquellas playas y mi cabeza imaginó una escena que probablemente no existía.

La travesía no era muy larga, pero andar entre dunas y rocas volcánicas no fue fácil y me llevó más tiempo del que pensaba. Ya se escapaba la luz en la última cala y no encontraba mi escena imaginaria. Decidí subir a una cresta de lava estrecha y empinada que acababa muriendo en el mar y así ver qué había al otro lado. Una vez arriba sólo me encontré esta escena, ninguna playa de arena fina a la que bajar, ningún farallón fotogénico que incluir en la composición.

No quedaba más tiempo para desandar mis pasos y volver a la cala anterior. Decidí quedarme allí y ver lo que quedaba del atardecer sin hacer ni una fotografía. El viento me zarandeaba con fuerza y tuve que tumbarme para no acabar cayendo por el acantilado. Como no me resignaba, volví a sacar la cámara y empecé a probar composiciones. Intentaba utilizar la curva formada por la cresta y los acantilados como vector que guiase la mirada hasta el cerro. Cuando tuve claras dos composiciones, desplegué el trípode y, antes de poner la cámara, medí la exposición al cielo y después al cerro. Como la diferencia de luz entre ambas era poco más de un paso, saqué de mi bolsa un filtro degradado neutro de 1,5 pasos. El cielo azul poco saturado y las nubes grises no ayudaban. La escena parecía apagada, sin vida, y disparé sin mucha ilusión. Pero en un instante los dos cúmulos comenzaron a teñirse de intenso color rojo y la escena comenzó a latir con tanta fuerza que parecía que ese viejo volcán sumergido iba a entrar de nuevo en erupción. Ahora sí tenía sentido aquella fotografía.

Amanecer de otoño en la playa de los Genoveses, Cabo de Gata, 2014

La tranquilidad que se respiraba en la playa aquel amanecer de otoño poco se debía parecer al ajetreo del día de 1147, cuando la flota de guerra genovesa fondeó en esta ensenada para protegerse de un temporal antes de unirse a castellanos y catalanes para invadir Almería. Desde entonces la llaman Playa de los Genoveses.

Tampoco debía parecerse mucho a los días en los que hace millones de años la lava brotaba de esta inmensa cuenca volcánica submarina y formaba sus paredes, de las que quedan el cerro del Ave María y el Morrón de los Genoveses flanqueando la bahía a cada lado.

La tarde anterior el mar había estado revuelto. Sólo días así el agua rebasa la orilla e inunda la playa, formando una fina película de agua capaz de atrapar reflejos casi nítidos.

Antes de llegar al parking que hay unos metros tierra adentro, el hecho de no ver ni un solo coche, furgoneta o autocaravana era buena señal. Muy diferente a cualquier época de vacaciones, especialmente verano. Esos días la playa es una pena.

Llegué con tiempo, sin ninguna composición pensada, pero nada más ver el gran charco con el reflejo y el fuerte triángulo en penumbra pensé que esa sería mi fotografía.

La mañana no acabó mal y el cielo me regaló un buen festival de nubes que coronaban el morrón hacia el oeste. Poco a poco el día se iría cubriendo, mostrando una luz difusa con mucho juego en calas vecinas, pero esa es otra historia.

Las dunas también mueren

Cegado por la luz intensa al salir de un túnel. Así me siento cuando llego a un lugar al que voy por primera vez. Me cuesta centrar la mirada.

Del mismo modo que la pupila necesita un tiempo de reacción para adaptarse al cambio de luz, mi modesto ojo fotográfico necesita un tiempo de adaptación hasta empezar a ver algo atractivo, una escena con una estructura visual ordenada, empezando poco a poco a identificar elementos y relaciones entre ellos.

Para empeorar las cosas, si llego pronto, cuando falta uno de los dos ingredientes de la fotografía —la luz—, me cuesta ver aún más. Estoy seguro de que muchas veces no sé identificar una buena composición por la falta de ese otro ingrediente. Es como si no pudiese ver el enigma que esconde el puzzle porque me falta una de las dos piezas de la fotografía.

Así me sentí al llegar a ese lugar de Cabo de Gata. Cuando estudié este sitio tenía claro que quería combinar en primer plano la duna fósil con los domos volcánicos —los Frailes— como fondo. Dos signos del paso del tiempo con tonos opuestos.

Parecía imposible conectar ambos elementos (duna y cerros); sólo encontraba escenas con dos planos totalmente aislados, sin relación entre ellos. Encontrar un flujo visual en el primer plano era complicado. Demasiado caos en los estratos de la duna y ningún tipo de orden. Además, desplazarme mucho hacia la vecina playa del embarcadero —para buscar un primer plano mejor— cambiaba el punto de vista de tal forma que el Fraile Chico ocultaba al Fraile Grande y el fondo perdía contenido.

Después de dar muchas vueltas a la playa encontré esta grieta. La utilicé como vector para guiar la mirada hacia el fondo. Pensé que era un buen complemento a un volcán: una línea sinuosa que me recordaba a un antiguo río de lava fluyendo desde éste. Aunque no fue el mejor, el cielo ayudó a potenciar la escena volcánica: las nubes simulaban el humo y ceniza de una erupción y el rojo evocaba al magma ardiendo.