Mes: octubre 2014

Montaña bajo la luz de un amanecer

Siguiendo con la reflexión del artículo anterior sobre la luz, en éste me gustaría enfrentar cara a cara dos momentos diferentes de una misma escena en Sierra Nevada con una composición casi idéntica y demostrar que merece la pena el sacrificio de buscar una luz adecuada; o al menos las sensaciones que podemos tener al contemplar el espectáculo de luz de un amanecer en la montaña.

La primera fotografía es un borrador hecho con el móvil a las 12:30 de la mañana. La luz cenital y blanca resulta bastante aburrida.

La segunda fotografía está hecha al amanecer, justo cuando el sol casi ha despuntando y una suave luz rosada ilumina parte de los raspones, la misma que se proyecta sobre las nubes lejanas a la izquierda.

¿Hablamos de un «alpenglow» o simples rayos solares? La fotografía está hecha unos pocos minutos antes de que el sol se eleve por el horizonte (-1.4 grados) y esa luz no proviene de rayos solares directos sino que en realidad es un resplandor rosado. Por tanto, sí se trata de un «alpenglow». ¿Y de dónde viene exactamente? Es el resplandor de la luz que había a mi espalda, la de la siguiente fotografía, que está hecha un minuto después que la anterior. En ésta otra el sol tampoco se ha elevado y está a -1.2 grados (podré decirlo con esa exactitud siempre y cuando el reloj de mi cámara no esté muy dislocado).

Es todo un espectáculo ver cómo ese resplandor rosado —el cinturón de venus o arco anticrepuscular— va cambiando al elevarse el sol. Si miramos hacia el punto antisolar (de espaldas a la salida del sol), cuando éste está más bajo el resplandor rosado se proyectará sobre las nubes más altas. Según vaya ascendiendo el sol, el resplandor rosado irá bajando, las nubes altas se irán destiñendo y volviéndose grises, y las más bajas se teñirán de rosa. Así hasta llegar a tocar las cimas de las montañas, que será el momento en el que veamos ese «alpenglow». Cuando el sol supere el horizonte (se eleve por encima de los cero grados), el cinturón de venus desaparecerá y habrá comenzado la «hora dorada», cambiando la luz de la escena de un rosa delicado a un dorado intenso.

Más fotografías del amanecer en Luces de primavera en Río Seco.

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Ingredientes de una fotografía

Hace un mes que no escribo y hace mucho más que no salgo a fotografiar. Otoño apático que a mí por ahora no me ha inspirado mucho, seguramente porque se está pareciendo más a un aburrido verano —hablando en sentido fotográfico— que a la época mágica que debería ser. Nada de nieblas que envuelven el paisaje de misterio, ni rastro de amaneceres donde la luz cálida choca contra la neblina y se dispersa creando un velo dorado. Y lo peor de todo, los árboles están perdiendo ya sus hojas sin haber mostrado apenas una tímida fiesta de color.

El “buen tiempo común” saca a la gente a la calle, y a mí también me gusta disfrutarlo; pero disfruto más en la naturaleza si hay “buen tiempo fotográfico”, por lo menos el que yo entiendo así. Hace pocos días daba un paseo en la montaña bajo una intensa lluvia y así es como disfrutaba de verdad.

Mientras sigue este “buen tiempo común” seguiré aprovechando momentos para estar más en casa y leer, repasar mis libros de fotografía y dar una nueva vuelta a mi archivo. En uno de esos momentos estaba archivando bocetos de los que suelo tomar con el móvil y he visto una fotografía de Mónsul. Al ver el boceto y la fotografía acabada se me ha ocurrido escribir este breve artículo sobre luz y composición, los dos ingredientes básicos —más bien únicos— de una fotografía.

El boceto es el siguiente. Lo hice la tarde anterior, cuando la luz era aún dura, de hecho es un contraluz. No me suele gustar mucho hacer fotografías a contraluz, así que tomé el boceto para echarle un vistazo después de la cena y pensar cómo haría la foto al amanecer del día siguiente (al final casi idéntica). La composición está más apretada que en la foto final, y la razón es técnica, el móvil no permite más angular y detrás había una pared que no me permitía abarcar más separándome de la escena.

En la fotografía final (más abajo) la luz es suave, el sol estaba a mi espalda y además no había superado el horizonte.

¿Qué lleva de una a otra? La luz. El boceto está tomado a la hora en la que estaba allí, una buena hora para pasar un día de playa pero algo menos para fotografiar (según lo que queramos). Y para conseguir esa luz: paciencia —además de sacrificio— y técnica.

Paciencia porque tendría que volver muchas veces y muy temprano para lograr una luz aún mejor, lo que depende de muchos factores, como las nubes o la época. Las nubes, y sobre todo las corrientes de aire ascendentes provocadas por los cambios de temperatura, porque elevan partículas que van a filtrar la luz del sol, potenciando así el color. La época por la posición del sol y la trayectoria de elevación; en función de ésta, los rayos tendrán que atravesar más o menos atmósfera y la luz se filtrará mostrándose de una manera más mágica o más anodina. Sacrificio porque hay que levantarse temprano y pasar frío, o perderse la hora de la cena durante un viaje en el que supone que vas a descansar y a pasártelo bien.

Y técnica porque la luz hay que aprender a manejarla y captarla, hay que aprender a ver como lo hace una cámara y a entender sus limitaciones a la hora de registrar la luz (el rango dinámico y la latitud de la película) y sus limitaciones a la hora de plasmar en dos dimensiones una escena en tres dimensiones (algo que a simple vista —tres dimensiones— nos parece interesante, puede dejar de serlo al captarlo la cámara —dos dimensiones—, teniendo que buscar separación de las distintas capas por cambios de tono entre ellas).

Además de luz, el otro ingrediente es la composición: elegir la disposición de los elementos, dónde colocar los bordes del encuadre para encerrar la escena y elegir sujetos que atraigan. Todo puede estar muy bien colocado pero no decir nada si el sujeto es realmente feo.

¿Qué diferencias compositivas hay entre el boceto y la fotografía final? Simplicidad: para reflejar calma utilicé un filtro neutro de seis pasos, eso me permitió convertir el agua en un plato casi liso; mi objetivo principal al hacerlo era simplificar la escena eliminando oleaje y no recargando la composición con una textura rugosa en el mar.

¿Otra diferencia? Aire en los bordes del encuadre. Un plano más abierto ha permitido dar aire al promontorio —mejor separación de éste con los bordes del encuadre, tanto lados como superior— y no crear una sensación de agobio. Este tipo de sensaciones “feas” suelen denominarse “tensión visual” porque el ojo percibe algo que molesta y se distrae con ello.

Otra diferencia, aunque no tan notable, es el recorrido visual, cómo he elegido el cañón de agua para que guíe la mirada hacia el fondo; en el boceto el cañón, además de que es poco perceptible por falta de luz en el primer plano, apunta casi al borde izquierdo del encuadre, y casi saca la mirada de la fotografía.

Y una última diferencia, equilibrio entre primer plano y fondo. Siempre hablamos de equilibrio simétrico y asimétrico pensando en una balanza de peso visual izquierda-derecha pero nos olvidamos del equilibrio en tres dimensiones, el de profundidad, equilibrio entre primer plano y fondo. Un objeto distante pesa más —en términos visuales— que uno cercano. Por tanto, si un objeto en primer plano es más pequeño comparándolo con un objeto en el fondo, el primero pesará menos visualmente. En la composición hay un diálogo entre dos elementos principales: el cañón de agua en primer plano y la peineta en el fondo. En el boceto están en desequilibrio porque la peineta ha quedado demasiado grande respecto al cañón, por lo que éste último pasa bastante desapercibido y la vista se va directamente a la peineta por su mayor tamaño y por estar en el fondo —además, a ello contribuye que está poco iluminado—. En la fotografía final, al utilizar un gran angular, he conseguido reducir el tamaño del promontorio respecto al cañón de agua, así la composición ha quedado más equilibrada.