Pradera de flores y tormenta al atardecer sobre la cuenca del Manzanares, verano 2014

Ya se había puesto el sol y aún seguía lloviendo. La tormenta había estado descargando agua durante toda la tarde y las nubes ya empezaban a consumirse. Mientras la lluvia empapaba las colinas lejanas, los rayos del sol se colaban por el claro que se abría paso al oeste, iluminando las nubes con un suave color rosado.

Cuando aquella tarde llegué, ya sabía lo que quería fotografiar. Días antes vi una preciosa pradera de flores que había dejado descubierta la bajada del nivel del agua. Entonces pensé utilizarla como primer plano antes de que el agua bajase más y quedara completamente seca. Esperé paciente y volví días después, cuando aparecieron nubes que presagiaban una nueva tormenta.

Las nubes se forman cuando el aire caliente asciende y arrastra hacia arriba vapor de agua y partículas de la atmósfera —polvo y sales minerales en suspensión entre otras—. Al elevarse hacia capas más altas, el vapor de agua se enfría y se condensa, convirtiéndose en gotas y más tarde en cristales de hielo, haciendo visible la nube.

Hay muchos tipos de nubes, entre ellos, los cirrostratos, capaces de alterar la luz mostrando un precioso degradado de color en el cielo del amanecer o del atardecer. Las tormentas las provocan los cumulonimbos. Éstos aparecen tras un proceso originado en el cúmulo —la nube algodonosa—. Los cúmulos toman formas distintas hasta convertirse en cumulonimbos, aunque pueden quedarse en nada. Éste es el caso del cúmulo mediocris, un cúmulo pequeño, poco prometedor y que acaba disipándose. Por otra parte, el cúmulo puede evolucionar a congestus. Éste se vuelve serio y puede crecer hasta transformarse en un gran cumulonimbo. Si la corriente de aire caliente que formó la nube sigue alimentando al congestus con más vapor de agua, crecerá aún más, elevándose como una columna, y acabará convertido en un cumulonimbo incus —con forma de yunque—, descargando una tormenta con rayos y relámpagos. Si se unen varios cumulonimbos, pueden llegar a formar una célula convectiva, o incluso una bella y peligrosa supercélula convectiva, capaz de hacer que el cielo caiga sobre nuestras cabezas.

Como muchas tardes de verano, el sol había estado calentando la tierra durante todo el día, lo que acabó generando las corrientes de aire caliente que formaron aquellas nubes. Por fortuna, ese día los cumulonimbos se formaron más al oeste y la tormenta descargaba más lejos, permitiéndome fotografiar tranquilo y a salvo de los rayos que aún resonaban en el valle. Además, esa distancia evitó que el objetivo y los filtros acabasen cubiertos de gotas. Y aunque el cielo bajo mi cabeza estaba cubierto de nubes —algunos cúmulos muy desarrollados oscurecían el cielo más al este—, éstas no llegaron a descargar.

Lo que me gustó de aquella pradera y me llevó a elegirla como primer plano fue cómo se entrelazaban pinceladas blancas con verdes, y a su vez con amarillas y marrones. A pesar de tener claro el primer plano, la composición no fue sencilla. Cielo y tierra competían en una lucha de belleza con tal igualdad de condiciones que la decisión de dar protagonismo a uno o a otra fue difícil. Al final opté por dar más espacio al cielo y dejar tres franjas horizontales en la escena. Una banda inferior con el prado de flores. Una central con las montañas, el gran claro al oeste, los cúmulos aislados y la cortina de precipitaciones. Coronándolas, una franja superior teñida por la oscuridad del cumulonimbo responsable de la tormenta lejana. Para equilibrar el contraste de la escena bastó un filtro degradado inverso de tres pasos, ajustando así la luz a los límites del rango dinámico de la cámara.

Disparé varias veces y utilicé también un formato vertical. Cuando la luz cayó y el primer plano quedó demasiado oscuro, saqué de mi mochila un flash de mano para iluminar los metros más cercanos de la pradera, hasta que unos minutos más tarde la luz mágica desapareció.

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