Cabo de Gata: un mar de volcanes

Alboreaba un día de mediados de primavera cuando los primeros rayos de sol, curvados por la atmósfera de la Tierra, comenzaban a pintar suaves trazos de color magenta sobre el cielo, formando un tenue cinturón de Venus. El parking improvisado en la Ensenada de Mónsul, junto al polvoriento camino de tierra que discurre por Cabo de Gata, estaba vacío. De repente alguien empezó a correr por la playa desierta y aislada hacia tres chicas que dormían tranquilamente en sus sacos junto al borde del mar. Llevaba al hombro tres extraños palos negros, uno por cada una de las chicas. Una de ellas se despertó. Se incorporó y vio con ojos de terror cómo un loco avanza rápido hacia ellas y se iba acercando cada vez más. ¿Acabaría esta historia en las páginas de sucesos de los periódicos del día siguiente?

La noche en vela

Eran las seis y media de la mañana cuando sonó el despertador. Esa noche me había costado dormir, despertándome varias veces, mirando el reloj para ver si ya era hora de salir. Hacía más de siete meses que no pisaba la playa para fotografiar y estaba impaciente por volver, en especial porque iría a fotografiar todo un mar de volcanes. Me levanté con cuidado, tratando de no hacer ruido para evitar despertar a mis chicas, que dormían plácidamente en la habitación del hotel. A ellas les quedaban todavía tres horas para levantarse; a fin de cuentas, estábamos de vacaciones, cuando sólo a los locos de la luz se les ocurre poner el despertador. Me vestí en silencio. La ropa estaba sobre la cama. La había dejado la noche anterior preparada para salir casi saltando. Caminé de puntillas hasta la entrada. Todo estaba a oscuras y fui a ciegas. Junto a la puerta me esperaban los trastos fotográficos: la bolsa con la cámara, los objetivos, los filtros, el trípode… Me los eché al hombro y abrí con cuidado. Cerré despacio pero el pestillo hizo un escandaloso “click”.

Por suerte aquel ruido no las despertó. Ya estaba fuera de la habitación. Bajé las escaleras y llegué a la espaciosa recepción del hotel. Apenas veía el mostrador. Una lámpara pequeña era la única luz encendida, insuficiente para llegar a todos los rincones de aquel espacio. Unas tupidas cortinas cubrían la puerta del exterior. Las descorrí e intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. «¿Y ahora? —me pregunté— ¿no han pensado que algunos madrugamos incluso en vacaciones?». Afortunadamente el ruido que había hecho al intentar abrir la puerta despertó al recepcionista, que dormía en un sofá al fondo. No lo había visto porque la luz de la lámpara no llegaba hasta allí. Se levantó y me dio los buenos días. «Menos mal que estás aquí —le dije—, si no, día perdido». El sueño apenas le dejó balbucear dos monosílabos más. Me vio con todos los trastos colgados, no hizo falta cruzar más palabras para que supiese a dónde iba y lo que iba a hacer.

Una vez en la calle no daba crédito. Clareaba, el crepúsculo civil estaba comenzando. Había calculado mal la hora de levantarme. Me metí en el coche a toda prisa —menos mal que estaba junto a la puerta del hotel— y salí hacia la playa. El camino se me hizo eterno. La luz era cada vez más intensa. Todavía no había llegado al parking cuando de repente vi el color del amanecer en el cielo. «Me lo voy a perder», pensé. Por fin aparqué y salí corriendo como un poseso. La playa estaba desierta exceptuando aquellas tres chicas que debían haber pasado allí la noche. El loco que corría por la playa era yo, y los tres palos negros eran las patas del trípode. La escena era de película, pero no pasó a mayores. La chica que se despertó —estaba en top-less— puso cara de póker, aunque el sueño pudo más que el susto y, después de ponerse algo encima, se enroscó de nuevo en el saco y me ignoró. Yo desplegué el trípode donde ya tenía previsto y me puse a fotografiar antes de que la luz suave se extinguiese por completo. Así que cada uno a lo suyo.

Un mar de volcanes

Hay sitios que se podrían catalogar como joyas fotográficas. La ensenada de Mónsul es uno de ellos. Un lugar que, como si de una modelo profesional se tratase, parece querer colaborar, haciendo muy fácil la tarea de encontrar composiciones llamativas. Composiciones cargadas de restos de antiguos volcanes.

Todo sucedió hace millones de años, cuando este lugar fue testigo de una sangrienta batalla en la que Vulcano —dios del fuego— y Marte —dios de la guerra— se enfrentaron por el amor de Venus. Vulcano, enfurecido y humillado cuando Venus le fue infiel con Marte, puso en marcha su maquinaria de guerra para vengarse de ambos, creando una red invisible formada por finos hilos de oro con la que atraparlos. Ayudado por cíclopes y gigantes comenzó a avivar su fragua bajo el mar de Alborán, que entonces ocupaba la superficie sobre la que ahora se halla el desierto de Cabo de Gata. El área magmática sumergida entró en ebullición y se convirtió en un mar de volcanes. De aquel campo de minas bajo el agua, la lava, como si fuese sangre, empezó a brotar a borbotones y ascendió hasta la superficie.

Aquello debió parecerse a la caldera en la que Don Quijote preparaba su bálsamo de Fierabrás: agua hirviendo y color rojo burbujeante por todas partes. Primero se formó un archipiélago de islas rodeadas de un mar cálido. Luego, el terreno fue elevándose hasta quedar por completo fuera del agua, formando lo que hoy vemos como un extenso desierto. Aunque parezca sorprendente, todavía continúa elevándose unos pocos milímetros cada año.

Pasados otros cuantos millones de años, los conos volcánicos se extinguieron. Algunos de ellos se colapsaron y su techo se hundió, formando calderas, unas bajo el mar y otras camufladas en el paisaje árido. El tiempo los fosilizó, convirtiendo aquel lugar en un cementerio de volcanes.

Las curiosas formaciones que vemos en la ensenada de Mónsul tienen su origen en las coladas de lava emergidas del mar: erupciones submarinas de brechas volcánicas bajo el agua que expulsaron ríos de lava viscosa. Estas coladas llegaron a la superficie y acabaron solidificándose. La erosión del mar hizo el resto del trabajo, moldeándolas hasta crear esa llamativa forma de visera que vemos hoy: lápidas de las tumbas de aquellos volcanes extinguidos, oscurecidas por el óxido de manganeso y olvidadas por el tiempo.

La invasión de las masas

Para crear este porfolio fui allí un atardecer y un amanecer de primavera. Así, me encontré las rocas cubiertas de algas, cuyo matiz verde intenso contrastaba llamativamente con la aridez del paisaje que las rodea. De paso, me ahorraba el espectáculo de masas que convierte cada verano ese lugar en un sitio totalmente diferente, invadido por coches, personas, neveras, sombrillas…

La playa, aunque virgen, es famosa y recibe auténticas hordas de turistas. A partir de cierta época, cuando el tiempo es bueno, hallar un encuadre libre de personas es difícil. Eso, aunque en menor medida, me pasó durante el atardecer. Tuve que tener paciencia y esperar a que el vibrante rugido del estómago de los demás mortales colaborase a la hora de la cena, dejando completamente desierta la playa. Antes de ello no pude evitar que algún paseante se colara en ciertos encuadres con momentos difíciles de captar —en los que las olas formaban las trazas más llamativas—, quedando arruinados.

Amanecer con los deberes hechos

El amanecer fue tranquilo. El aspecto relajante que transmiten las fotografías del porfolio es real. Todo era silencio, roto por el murmullo suave de las olas; un remanso de paz, un lugar desierto. Nunca antes había estado allí tan temprano. Por lo que indican los carteles de prohibición y por el estado de la vecina playa de los Genoveses, intuyo que en verano debe ser un mega dormitorio lleno de gente durmiendo en sacos, haciendo vida en la playa y dejando un rastro de basura descomunal. Un triste panorama que no se merece un sitio así.

La siguiente fotografía (#1) es la primera que hice al amanecer. Encuadrar fue sencillo porque había visto la escena la tarde anterior, cuando daba un paseo por la parte oriental de la playa. Me gusta más fotografiar paisajes de espaldas al sol porque la luz es suave y el rango de contraste es manejable. Así, durante el atardecer del día anterior estuve fotografiando en el extremo de poniente y dejé este lado para el amanecer siguiente, evitando el contraluz. Ese paseo me permitió tomar bocetos y llevar los encuadres en la cabeza a la mañana siguiente, haciéndolo todo con más calma. Como ayuda para estudiar composiciones, además de la memoria, la cámara del móvil es una buena herramienta para tomar bocetos; así se pueden estudiar con tranquilidad antes de volver a una hora de mejor luz.

A pesar de que el contraste de luz en la escena era reducido, para conservar detalle en el cielo utilicé un filtro degradado de densidad neutra de 1,5 pasos y de transición dura. Para suavizar el agua y simplificar la composición, aunque no había mucho oleaje, utilicé un filtro neutro de tres pasos. Eso me permitió bajar la velocidad lo suficiente para que la textura del agua no distrajese la mirada.

Lo que me llamó la atención de la composición de esta fotografía fue esa vía de agua colándose entre las rocas alargadas del primer plano. Me moví hasta encontrar una posición en la que la vía apuntase hacia el promontorio del fondo —la famosa Peineta de Mónsul—. El canal que formaban las rocas alargadas no se distinguía bien y tuve que esperar a que una ola lo llenase de agua antes de disparar.

La segunda fotografía (#5) sólo requirió desplazarme lateralmente 5 metros hacia el Sur para cambiar el encuadre. Utilizando el mismo fondo, pude incluir un primer plano diferente, aunque del mismo tipo: la línea formada por la grieta de las rocas es el vector que conduce la mirada desde la esquina inferior derecha hacia la Peineta. Las condiciones de luz eran las mismas, así que utilicé los mismos filtros que había usado en la fotografía anterior.

Desde una posición similar, la ensenada me mostró estas otras caras, con variaciones de formato y primer plano.

El amanecer interminable

Aquel amanecer tuve suerte. Aunque el sol despuntó —lo que en condiciones normales significa que la sesión acaba—, comenzó a formarse bruma, disminuyendo la intensidad de la luz; esto permitió alargar un poco más la mañana. Caminé hacia el otro extremo de la playa, buscando esos contraluces de los que suelo huir. La bruma hacía de filtro natural, reduciendo el contraste, por lo que el rango dinámico aún lo podía controlar con filtros neutros degradados. A pesar de que la Peineta quedase a contraluz y más oscura por los filtros, conservaba el detalle suficiente, sin quedar relegada a una sombra negra exenta de textura; además, el primer plano estaba bien iluminado.

La siguiente fotografía (#6) está tomada en esas condiciones. Para el primer plano, incluí las formas que había en la arena. Estas no tienen más misterio que ser el castillo y foso que habían hecho unos niños la tarde anterior y que las olas desfiguraron y suavizaron hasta crear esas curiosas marcas. Desgraciadamente el agua no había llegado a todo el castillo y no pude incluirlo completo en el encuadre.

Como la luz se volvió más intensa, para mantener una velocidad de obturación lenta que suavizase el agua del mar, cambié el filtro de densidad neutra de tres pasos por uno de diez: el famoso Big stopper.

El resto del amanecer estuve fotografiando otras escenas a contraluz en la misma zona y en la vecina Ensenada de la Media Luna.

Fotografiar a deshoras ayuda a captar la mejor luz. Permite retratar paisajes de mar solitarios, con arena del borde sin pisar, alisada por las olas suaves de la noche. Como contrapartida, los hoteles no han pensado aún en un horario de desayuno para fotógrafos —ni antes de las ocho de la mañana ni pasadas las once—, por lo que al sacrificio del madrugón hay que sumar que te quedas sin desayunar aunque lo hayas pagado con el alojamiento.

Un atardecer con regalo de despedida

La tarde anterior no se mostró muy generosa con las nubes. Caminé a lo largo de toda la playa, reconociendo las zonas con los encuadres más llamativos. Después, decidí quedarme en la Ensenada de la Media Luna y esperar al crepúsculo del atardecer.

La siguiente fotografía (#3) está hecha en la Media Luna, mirando hacia el Este. Me gustó cómo se solapaban las lenguas de lava. Así que, para crear ese fondo, elegí un punto de vista en el que el promontorio que separa ambas ensenadas cubría a la Peineta, que asoma tímidamente bajo el arco del primero.

Tras pensarlo un rato, la composición que acabé escogiendo fue ésta en la que la fila de piedras en el agua ayuda a dirigir la mirada desde el primer plano hasta el fondo. Al llegar me había fijado en cómo las olas rompían sobre las rocas, creando un primer plano con una textura de tono claro. Decidí utilizar ese tono claro para contrarrestar la hegemonía del azul en el agua. Bajé la velocidad de obturación para poder crear la textura espumosa. Para evitar que llegase a desaparecer, volviéndose una superficie sedosa blanca y uniforme, tuve que conservar una velocidad por encima del segundo. El mar se hizo el interesante y no quiso ponérmelo fácil; así que insistí disparando varias veces hasta que el blanco cubrió todo el primer plano.

El siguiente encuadre horizontal está hecho casi una hora más tarde, con mejor luz. En éste, el mar dijo que ya estaba cansado; decidió calmarse y fue imposible lograr la misma textura del agua.

Cuando el crepúsculo terminó, el último regalo que me hizo este lugar fue mostrar la luna llena. Como despedida tomé la siguiente fotografía del momento en la que la lengua de lava no resiste la tentación e intenta tocar la luna.

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